martes 1 de diciembre de 2009

Aminetou Haidar, la memoria del desierto, la desmemoria del gobierno

Que un dictador agónico, como lo era Franco en noviembre de 1975, abandonara a su suerte y a su muerte al Sáhara, no creo que le extrañe a nadie. En el colegio estudiábamos que España era la suma de los territorios de la península ibérica más Baleares, Canarias, Ceuta, Melilla, el Sáhara y Guinea. Me recuerdo mirando el mapa de España con cierto orgullo cosmopolita: los españoles teníamos patria en dos continentes, los españoles podíamos ser negros como en Guinea, o árabes como en el Sáhara.

Franco dejó morir de hambre al Sáhara, y la cedió con desidia a Marruecos. A fin de cuentas los españoles saharauis no eran súbditos de primera: eran africanos, moros, musulmanes e independentistas, así que permitió que Marruecos invadiera el Sáhara, territorio español, sin mover un solo músculo. ¿Dónde estaba el orgullo patrio, la defensa del territorio, la protección de los españoles ultraperiféricos? Menos que palabras. Mentiras de sal y arena.

Pero si Franco actuó con desidia y cobardía, ¿cómo es posible que todos los gobiernos siguientes en España hayan actuado y actúen del mismo modo? Da igual que sean de UCD, del Psoe, del PP o del nuevo Psoe que ahora está en el gobierno: hay un pacto de abandono y vergüenza.

A Moratinos le extraña que Aminetou Haidar no quiera el pasaporte español. Será que Moratinos no entiende que Aminetou no quiere ser extranjera en su propio país, el Sáhara ocupado por Marruecos, donde están sus hijos y su casa. Con un pasaporte español, Marruecos podría expulsarla sin problemas por ser una extranjera indeseable.

A Moratinos le extraña que Aminetou Haidar no quiera el estatuto de refugiada política. Será que Moratinos no entiende que Aminetou sabe que con ese estatuto jamás podría regresar a su patria, el Sáhara ocupado por Marruecos, donde está su casa y viven sus hijos.

A Moratinos le extraña que Aminetou Haidar no quiera solicitar el pasaporte marroquí. Será que Moratinos no entiende que a Aminetou le han quitado el pasaporte que tardó décadas en conseguir, tras años de cárcel, y solo quiere recuperar el suyo, sin más. No quiere otro. Solo quiere regresar a su país, el Sáhara ocupado por Marruecos, ese territorio arrebatado a España con el permiso y la aceptación tácita de Franco y de los gobiernos demócratas posteriores.

¿Qué delito ha cometido Aminetou para que Marruecos le retire el pasaporte y la embarque de modo ilegal a España, y que España acepte sumisa las ilegalidades de Marruecos?
El mismo delito de siempre, el que Aminetou lleva cometiendo desde que era niña: decir que ella es saharaui. Al aterrizar en Marruecos procedente de Canarias, con su pasaporte marroquí en regla, en la casilla de nacionalidad, escribió "saharaui". Eso fue suficiente para enviarla al exilio. Eso fue suficiente para no devolverle el pasaporte. Eso había sido suficiente para encarcelarla largos años, para expulsarla de su casa y para negarle la entrada en su propio país, el Sáhara ocupado por Marruecos. España jamás movió un dedo en favor de Aminetou, ni en favor de los saharauis, ni antes ni ahora.

Los antiguos gobiernos de España dejaron morir al Sáhara de hambre, y después lo abandonaron en manos de su verdugo marroquí.

Los nuevos gobiernos de España dejan morir a Aminetou Haidar de hambre, y permiten que Marruecos se convierta en su verdugo.

Por una vez el Sáhara y Aminetou son una misma herida que sueña con una patria libre con identidad propia. Y juntos, el Sáhara y Aminetou, nos muestran un espejo de arena y abandono en el que descubrimos que Franco, Hassan II, Suárez, Aznar, Zapatero y Mohamed VI también son una misma cosa vergonzosa y vergonzante: los responsables de un genocidio histórico que sigue degollando a los que una vez fueron saharauis colonizados por España, y ahora son saharauis bajo la bota de Marruecos. Miles de ellos viven exiliados desde hace décadas en los campos de refugiados de Tindouf, en Argelia. Marruecos jamás ha cumplido ninguna de las resoluciones de la ONU que le exige que respete los derechos de los saharauis y celebre un referéndum. Para España han dejado de ser españoles. Para Marruecos no son marroquíes.

Será que no son españoles ni marroquíes. Moratinos, no te enteras: Será que son saharauis.

lunes 30 de noviembre de 2009

Por la disolución del Tribunal Constitucional

¿Qué tribunal es ese, degradado y degradante, que decreta y administra por encima de las elecciones y los parlamentos?
¿A quién representa ese tribunal de 12 jueces apolillados (uno muerto, otro recusado, cuatro con sus mandatos vencidos)?
¿Que ejercicio de soberbia antidemocrática les atornilla a sus sillones pretendiendo legislar y gobernar por encima y contra los ciudadanos?

Si fueran coherentes o decentes (palabras de significado dudoso para sus miembros) declararían a su propio tribunal (con minúsculas, y porque no hay iniciales diminutas) como insconstitucional en sí mismo. Ese sería el mayor y único favor que le podrían hacer a la democracia y a la Constitución.

Benedetti aseguraba que un torturador no se redimía suicidándose, pero que algo es algo. Tomen ejemplo y dimitan. Recuperen la decencia por unos instantes y váyanse a su casa a jugar al teto sobre la alfombra del salón. Legislen sobre los peces del acuario, menosprecien a las hormigas del jardín, jueguen al estratego con sus amigos, orinen sobre las cabezas de las lagartijas, pero déjennos en paz. De verdad de la buena que no los necesitamos para nada. Me gustaría pensar que solo son unos inútiles, pero sé que bajo sus togas rancias esconden un alma de golpistas.

martes 24 de noviembre de 2009

Crónica de un encuentro (la RIC en la Fnac)

Para los cinco coordinadores de la Red Internacional de Cuentacuentos que íbamos a estar presentes en el fórum de la Fnac en Madrid, la presentación de la RIC empezó un día antes, a las 8:30 de la tarde en el café Comercial de la glorieta de Bilbao, en Madrid. Allí nos encontramos en la barra, con la primera cerveza, Armando Trejo, la piel siempre tostada por el sol del mestizaje, que había aterrizado tres días antes de México DF para colaborar con Un Madrid de Cuento; Martín Ellrodt, desde Alemania otoñal, derrochando energía en tres idiomas (el español es solo su tercera lengua, y lo habla a la perfección), llegado exclusivamente para estar presente en este encuentro; Alekos, el gnomo ilustrador e ilustrado, el acariciador de sombras, que llegó desde Bogotá con escala de siete años en Barcelona; y Beatriz Montero y Enrique Páez, los culpables sin remordimientos, que dejaban atrás las islas de la Atlántida, Tenerife bajo el sol y una Orotava inundada por las lluvias. Nos fuimos a cenar tapas y vino de Rioja, y acabamos en un éxtasis de galletas alemanas (Der Elisenlebkuchen) transportadas desde Nürnberg por Martin. Con café y chupitos de orujo de hierbas a los pies de Daoiz y Velarde, en la plaza del Dos de Mayo.














Al día siguiente, en el fórum de Fnac, fueron llegando algunos amigos y amigas de la Red Internacional de Cuentacuentos: Javier Sagarna y Germán Solís de la Escuela de Escritores de Madrid, Yolanda Sáez del grupo Cuánto Cuento, Victoria Siedlecki, la abuela Ángela, Jota Villaza de Vivapalabra (hay proyectos para estrechar lazos con los narradores de Medellín), Marco Tulio Luna de Petu Teatro "Uno", Irene Vicente Madrigal, Inmaculada de Miguel, Rafa Ordóñez, y muchos más narradores y narradoras de procedencias dispares. También pudimos contactar con representantes de la Casa de América y con el Seminario de LIJ de Guadalajara. Seguro que llegaremos pronto a acuerdos de colaboración necesarios para todos. A las 12 y cinco, con la sala del fórum al completo, comenzó la presentación de la RIC.

Beatriz Montero abrió el turno de intervenciones de los coordinadores excusando la presencia de Mayra Navarro, coordinadora de Cuba, que por problemas familiares tuvo que suspender el viaje, así como la de Antonio Rodríguez Almodóvar, que presentaba a esa misma hora y día su última novela en Palma de Mallorca. Ambos enviaban por correo electrónico besos de silicio a repartir entre todos los presentes y ausentes. Por problemas de distancia y compromisos previos tampoco estuvieron los coordinadores Geeta Ramanujan, Armando Quintero, Alicia Barberis, Ana Victoria Garro, Diego Parra y Benita Prieto, de India, Venezuela, Argentina, Costa Rica, Colombia y Brasil. A todos ellos los echamos de menos, y viceversa, pero a no ser que un banco o un gobierno generoso subvencione el encuentro global, habrá que esperar un tiempo antes de que todos los coordinadores podamos juntarnos alrededor de la misma mesa y al mismo tiempo. De modo virtual lo hacemos con frecuencia gracias a Internet, pero para los amantes de la oralidad inmediata eso no es lo mismo, aunque nos sirve para trabajar en proyectos comunes, claro que sí.

Armando Trejo se refirió a la importancia de la Red como vínculo aglutinador de los movimientos de oralidad en todo el mundo. Gracias a la RIC en Internet podremos conectarnos los narradores desde mil extremos del mundo. Este oficio milenario, la narración oral, debe ser reconocido como un arte más por parte de las autoridades culturales de los diferentes países.

Martin Ellrodt agradeció haber sido contactado por la RIC. Como coordinador de la red de lengua alemana (Alemania, Austria, Holanda, Austria). Aunque pocos saben español en esos países, pero ve muy posible crear eventos comunes y simultáneos entre los distintos países europeos.
Martin asegura que la RIC es la primera red que ha unido a narradores de distintos países y distintas lenguas del mundo. Existen muchas redes, pero se quedan en sectores restringidos, y a lo más a narradores de lengua inglesa. EstaRed, de origen hispano, realmente une a los cinco continentes.

Alekos defendió el oficio de la palabra y el gesto, que bebe de la las tradiciones milenarias, pero que ahora se sirve de los nuevos medios cibernéticos y de Internet para su difusión. La RIC es un tejido en el que nos unimos como un hilo por los intersticios de ese tejido. Asegura que Enrique y Bea se quemaron las pestañas conectando a todos los narradores a través de la Red para que en un futuro próximo podamos escuchar a Benita Prieto contar historias en su maravilloso portuñol, a Armando Trejo contando historias del norte de México, a Martin refiriendo leyendas de los gnomos centroeuropeos.

Enrique Páez dijo que aunque la RIC está compuesta de narradores orales profesionales, entre los narradores hay muchas vertientes. Los narradores dependen de su cultura y geografía, y así los narradores japoneses cuentan con ayuda del teatro de papel kamishibai, los narradores africanos narran con bailes y ritmos de tambores, los sudamericanos incorporan la música, los narradores malayos y tailandeses el teatro de sombras, algunos narradores europeos el teatro negro, y los españoles cantigas y romances. No hay compartimentos cerrados y estancos, y sin embargo no es difícil reconocer la diferencia entre narración oral y teatro, mimo, títeres o monólogos. Existen mestizajes, pero también existen rasgos diferenciales.

En el turno de ruegos y preguntas se preguntó que cómo se podían incorporar a la RIC los amantes no profesionales de los cuentacuentos, cómo se podría aprender el oficio con cursos dictados por la RIC, y para cuándo una presentación de la RIC en Barcelona. Todas esas preguntas, dijimos, tendrán una respuesta satisfactoria en un futuro próximo, porque esos son objetivos prioritarios de la Red Internacional de Cuentacuentos.

Luego llegó el plato jugoso, un suculento reguero de cuentos cortos narrados, en este orden, por narradores miembros de la RIC:

Sofía Alaínez (Volvoreta) con el cuento “El cuervo” del libro Memoria del fuego de Eduardo Galeano.

Ainhoa Fernández nos deleitó y cantó “El pájaro verde”.

Iván Trasgu (Rompenubes) trajo una delicada Fábula de Leonardo de Vinci: "El papel y la tinta". Blanca Castillo se arrancó con unos “Cariños tiernos y espinos fríos”.

Daniel Muñoz (Borrón y cuento nuevo) consiguió doblarnos de la risa con su “Pobre digno”, Nieves Pérez no pudo contar por culpa de la fiebre pero nos acompañó desde la tercera fila con el termómetro debajo del brazo.

Manu Alburquerque nos hizo disfrutar con “La niña y el poeta”, un cuento de Armando Quintero.

Nora Lua narró “La tía Magdalena” un cuento lleno de fuerza.

Alekos con ese duende especial que tiene encandiló con su original forma de contar “El conde Sisebuto”.

Armando Trejo nos hizo una “Sopa de piedra” original y muy divertida.

Martin Ellrodt y su “Caperucita roja” contada en seis idiomas y con una gran variedad de registros atrapó desde la primera palabra y nos contagió de risas.

Por último Beatriz Montero cerró la sesión con su divertida versión de La princesa y el sapo y su inesperado final.

Para cerrar, foto de familia numerosa. Así terminó la primera presentación de la Red Internacional de Cuentacuentos en Madrid. Gracias a todos/as por participar y por acudir a la convocatoria. Esperamos pronto repetir con nuevos cuentos en Barcelona, Sevilla, Valencia, México, Caracas, Bogotá y Buenos Aires. Dadnos tiempo.

Abrazos y cuentos para todos, presentes y ausentes.

domingo 22 de noviembre de 2009

Nota de prensa de la RIC

Nota de prensa repartida en la presentación de la RIC el 19 de noviembre de 2009)

Presentación de la Red Internacional de Cuentacuentos en el fórum de Fnac, Madrid

En solo tres meses la Red Internacional de Cuentacuentos (International Storytelling Network) se ha convertido en la mayor agrupación de narradores orales del mundo. Esta plataforma de interconexión y divulgación del trabajo de cuentacuentos aglutina a más de 400 cuentacuentos profesionales de 35 países de los cinco continentes. Entre sus objetivos prioritarios se cuenta la preservación y recuperación del patrimonio cultural oral e inmaterial de la humanidad, la defensa de las lenguas en peligro de extinción, la difusión del oficio de los narradores orales, la dinamización de las bibliotecas y centros escolares, la creación literaria, y la expansión de las artes escénicas. Ante el deterioro y el retroceso de la oralidad frente a las nuevas tecnologías, los cuentacuentos dan la voz de alarma para mantener viva la herencia de Sherezade y el milenario arte de contar cuentos.

El hecho de que dos de sus principales impulsores, la cuentacuentos Beatriz Montero y el escritor Enrique Páez, administren la Red Internacional de Cuentacuentos desde Tenerife, facilita que se haga muy especial hincapié en la interculturidad de las lenguas hispanas. El 80% de los miembros de la RIC son narradores orales españoles o hispanoamericanos.

El portal de la Red Internacional de Cuentacuentos, http://www.cuentacuentos.eu/, así como su megablog de narradores, y su grupo de Facebook, ha recibido más de 2.000 adhesiones de bibliotecas, narradores, centros culturales, fundaciones, editoriales, centros educativos y grupos de teatro de los cinco continentes.

A la presentación oficial de la RIC, Red Internacional de Cuentacuentos, asistirán cinco de sus catorce coordinadores:

Beatriz Montero (España), Armando Trejo (México), Martin Ellrodt (Alemania), Alekos (Colombia) y Enrique Páez (España).

Tras el coloquio contarán cuentos cortos los narradores/as:

Sofía Alaínez (Volvoreta); Ainhoa Fernández; Iván Trasgu (Rompenubes); Blanca Castillo; Daniel Muñoz y Nieves Pérez (Borrón y cuento nuevo); Manu Alburquerque; Nora Lua; Alekos; Armando Trejo; Martin Ellrodt y Beatriz Montero.

Mas información

En su página web: http://www.cuentacuentos.eu/

En su megablog de narradores en español y en inglés: http://www.redinternacionaldecuentacuentos.blogspot.com/ http://www.internationalstorytellingnetwork.blogspot.com/

En su perfil de Facebook: http://www.facebook.com/profile.php?ref=name&id=100000208325243

Y en su correo electrónico: red@cuentacuentos.eu

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Foto de Manu Alburquerque (Gracias, Manu)

miércoles 18 de noviembre de 2009

Presentación de la Red Internacional de Cuentacuentos en Madrid



Presentación de la RIC

Red Internacional de Cuentacuentos

Jueves 19-nov-2009 a las 12h

Fórum FNAC de Madrid (Metro Callao).

Intervendrán los coordinadores:

Beatriz Montero (España)

Armando Trejo (México)

Martin Ellrodt (Alemania)

Alekos (Colombia)

Enrique Páez (España)


Tras el coloquio contarán cuentos cortos:

Sofía Alaínez (Volvoreta); Ainhoa Fernández; Iván Trasgu (Rompenubes); Blanca Castillo; Daniel Muñoz y Nievez Pérez (Borrón y cuento nuevo); Manu Alburquerque; Nora Lua; Alekos; Armando Trejo; Martin Ellrodt y Beatriz Montero.

No faltes.

lunes 16 de noviembre de 2009

Aminetou Haidar, la herida abierta del Sahara

Desde hace muchos años tengo un desierto africano enquistado en el páncreas. Hace 17 años no pude callar, y escribí un libro titulado “Abdel”, en donde relato la historia de un niño saharaui, huérfano de madre por culpa de las balas del ejército marroquí, que cruza Marruecos y llega a Andalucía a bordo de una patera acompañado por su padre.
Recuerdo que lo escribí con rabia, porque desde la Marcha verde, en vísperas de la muerte de Franco, hasta entonces y hasta ahora, ningún gobierno español ha querido apoyar con un mínimo de decencia a esos otros españoles (todos los saharauis eran españoles) a los que abandonaron a su suerte. A su mala suerte: conciudadanos nuestros que de golpe fueron desposeídos de todos sus derechos, de su nacionalidad y de su tierra. Uno de los exterminios genocidas más sangrantes del siglo XX, que se prolonga en el siglo XXI. Ni el gobierno de Felipe González en su momento, ni mucho menos el de Aznar, ni ahora el de Zapatero, han sabido comportarse con decencia y restaurar una deuda histórica sangrante, y los saharauis expatriados y desposeídos siguen hacinados en tiendas de campaña en las arenas de Tindouf, ahora como hace 17 años, cuando escribí Abdel. Ahora como hace 34 años, cuando fueron expulsados por la Marcha verde. Y el gobierno, ahora como hace 34 años, y hace 17 años, sigue mirando a otro lado, porque esos súbditos desarraigados son incómodos y no votan.
¿Quién va a escuchar sus gritos en medio del desierto?
Aminetou Haidar está en huelga de hambre en Lanzarote: solo quiere regresar a su país, el Sahara, aunque sea un país ocupado militarmente por Marruecos. Un país hermoso que no hace tanto fue una colonia desangrada y abandonada por España.

lunes 9 de noviembre de 2009

Contra la Universidad (Historia del poder en cuatro folios)

Durante siglos, hasta la Edad Moderna, el poder ha estado en manos de la aristocracia. Durante la larga Edad Media los reyes, duques, condes, barones y cortesanos cortaban el bacalao, exprimían a los campesinos a cambio de protección (había que protegerse de ellos mismos, como en la mafia), y desvirgaban a las doncellas la primera noche de bodas (el derecho de pernada, ius primae noctis en latín vulgar) con la excusa de que así el marido no podría protestar porque la novia no fuera virgen antes del matrimonio. Democracia igualitaria: todas violadas por el señor conde en la primera noche, para no hacer distingos. La aristocracia, bendecida por sus títulos nobiliarios protectores, gobernaba un mundo desigual.

Cuando hace años conocí a Chicho Sánchez Ferlosio (me lo presentó mi amigo Alberto Pérez, el cantante de boleros), yo ya había escuchado algunas de sus canciones demoledoras. Las que cantaba él, y las que musicó para Amancio Prada a partir de poemas de Agustín García Calvo, que había sido mi profesor de latín en la Complutense. De todas las canciones de Chicho, la que más me gustó siempre, con diferencia, era una que cantaba con Rosa, su compañera de toda la vida. Se titulaba Coplas retrógradas, y la grabó en 1982, pero yo la escuché por primera vez en La Mandrágora, un día en el que le hicieron hueco en su espectáculo Alberto Pérez, Joaquín Sabina y Javier Krahe. Chicho desgranaba las críticas contra el Estado estrofa a estrofa:

Dicen que son mis coplas
del diecinueve
porque digo que es blanca
la blanca nieve.
Yo no me enfado,
que mi siglo parece
que no ha empezado.

Después y durante la Edad Media, la iglesia fue tomando posiciones de poder. En la época de los griegos y los romanos el poder religioso estaba muy fragmentado y en manos de muchos dioses que, además, a imagen y semejanza de los humanos, luchaban entre ellos por el poder en el monte Olimpo. Había semidioses e infradioses, los héroes competían con ellos, y las mujeres humanas podían seducirles. Unos dioses de andar por casa (y no solo los dioses domésticos). Pero los cristianos trajeron un dios furioso, celoso y feroz. El dios cristiano exigía exclusividad, droga dura, heroína inyectada: basta ya de blandenguerías de hachís doméstico. Un dios como dios manda, en mayúscula y con mala hostia: Dios, sin más. Y las brujas, a la hoguera. Así que los aristócratas tuvieron que arrimar una silla y hacer hueco a los nuevos arribistas, obispos y arciprestes. A fin de cuentas una excomunión no era algo que pasara desapercibido, y esos santones vestidos son sotanas decían tener un contrato con Dios, le hablaban al oído, lo escondían a oscuras en el copón de la sacristía. En realidad esos obispos eran los hermanos segundos de la aristocracia. El mayor heredaba todos los títulos y las tierras, para que no se fragmentara el poder. El segundo se quedaba sonándose los mocos, así que lo metían en un convento con una dote y lo nombraban obispo. Poder económico y poder religioso dentro de la misma familia: el conde y el obispo cenaban juntos el domingo. Al terminar la cena el conde se follaba a una recién casada, pero antes el obispo le regaba el coño con el hisopo de agua bendita, por aquello de desinfectar el mal. Y Chicho no deja de cantar:

Dicen que son mis coplas
del dieciocho
porque yo a lo podrido
lo llamo pocho.
Ay, Pero Grullo,
si tuvieran las cortes
consejo tuyo.

Pero había aristócratas con más de dos hijos, así que el tercero se quedaba en el castillo soplando moscas y mirando al techo. “Tenemos que hacer algo con Tercero, que se nos va a enquistar”. “Pues mira, que se meta en el ejército, así tendrá algo que hacer: que conquiste tierras y mate moros, que hay muchos. Es un oficio respetable, ¿no te parece?” Así que Mambrú se fue la guerra, mire usted qué pena. No sé cuando vendrá, do-rre-mí, do-rre-fá, no sé cuándo vendrá. Y al regresar el tercero le enseñó a sus dos hermanos mayores la sangre que aún chorreaba por su espada, y sin envainarla de nuevo les preguntó si no habría un trocito de pastel para él también, que el poder siempre da mucho morbo y apetece. Y claro, con esos argumentos de peso, es fácil ceder, y le hicieron hueco en el consejo de ministros. Aristocracia, iglesia y ejército, todo sin salir de la familia. Para qué más. Chicho sigue cantando, a su puta bola:

Dicen que son mis coplas
del diecisiete
porque ataco a los miembros
del gabinete.
Son tan modernos
que provocan la envidia
de otros gobiernos.

El Estado, hasta la revolución francesa, contemplaba estos tres estamentos, que eran uno solo, pero había que disimular. Ni el ejército se iba a levantar contra la iglesia, ni la iglesia iba a dejar mimar a la aristocracia, ni los aristócratas iban a dejar de regalarle cañones a los militares. Todo queda en familia. ¿Cuántos aristócratas había en los gobiernos de la reina Victoria o Carlos III? Pues todos, qué bobería. ¿Cuántos ministros eran militares en la época de Franco? Pues todos, leche, todos. Poco a poco se fueron colando los del Opus, y así hasta que llegó la democracia.

Ahora las cosas dicen que están cambiando. Ya no importan los títulos nobiliarios. Han perdido lustre. Ahora importan los títulos universitarios. Las nuevas catedrales se llaman universidades, los nuevos semilleros del poder están en la Universidad. ¿Cuántos ministros de los actuales gobiernos tienen título universitario? Pues todos. ¿Cuántos parlamentarios son universitarios (abogados exégetas, hermeneutas de las leyes, la mayoría)? Pues el 90 por ciento, tirando por lo bajo.

A mí no me salen las cuentas, porque eso no representa el mismo porcentaje de los españoles medios. Antiguamente, la minoría de aristócratas, obispos y generales dominaban los despachos ministeriales y del poder. Eso no ha cambiado: solo se ha disfrazado. ¿Cuántos españoles son universitarios? Pues el 12 %. ¿Y nadie se extraña de que el 12 % ocupe el 90 % de los puestos de poder? La desproporción es exagerada. ¿No se parece a la misma desigualdad de los aristócratas en poder en la Edad Media? Ahora hay una nueva casta que ha secuestrado el poder, que ha derrocado a los tres hermanos mayores, pero sin dejar el poder fuera de la Familia. El cuarto hermano se puso a estudiar, y jubiló a los mayores, pero es importante que el poder siga controlado dentro de la Familia. Ahora son los universitarios los neo-príncipes, como antes los aristócratas, los obispos y los militares. Vuelven a mandar los títulos, de licenciado para arriba. ¿Usted no ha sido bautizado en la universidad, no ha sido bendecido por el rector, no tiene una orla, un uniforme y una foto del viaje de fin de carrera a Atenas? Pues usted no pinta nada. Usted no tiene criterio, y se la vamos a meter doblada. Agáchese, por favor, y mire fijamente en dirección a Santiago de Compostela. Haga el favor de facilitar las cosas mientras me desabrocho la bragueta. Chicho insiste, haciendo suyo el túnel del tiempo:

Dicen que son mis coplas
del dieciséis
porque digo los fechos
que vos faceis.
Vuesos entuertos
por doquiera nos facen
presos o muertos.

Y yo digo que no puede ser la universidad la única representada en los centros del poder. No puede ser que una minoría que mayoritariamente tiene origen burgués siga controlando el 90 por ciento de los mecanismos del poder (en los gobiernos, en las empresas, en las autonomías, en los ayuntamientos, en la banca, en la prensa), mientras el otro 90 por ciento, herederos centenarios de los siervos de la gleba, siguen siendo ninguneados. Y digo que existen otros cauces, otros mundos, otros saberes, otras éticas, que no son las de los paraninfos. Existen gremios, sindicatos, cooperativas, autogestiones, asociaciones, y formas de cultura popular, música, oralidad y solidaridad extramuros de la universidad. Existe un universo mil veces más grande que los campus que se pretende negar e invisibilizar. Los parias son los mismos de siempre, siglos de esclavitud los contemplan, pero ahora los nuevos reyezuelos muestran el desprecio y la soberbia agitando un título universitario que les devuelve una vez más el derecho de pernada.

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Fotos capturadas con Google. Si son tuyas dímelo y te cito o las borro.

martes 3 de noviembre de 2009

El mes de los muertos: Ayala y Lévi-Strauss

Acaba de empezar noviembre, y ya se han muerto Francisco Ayala y Claude Lévi-Strauss. El primero era el único de la generación del 27 que quedaba con vida, y el segundo el auténtico creador de la antropología estructuralista (la única coherente, hasta la fecha). Es posible que no se conocieran, y muy probable que se hayan leído el uno al otro a los largo de sus vidas centenarias. Juntos sumaban más de 204 años de escritura, investigación y exilios. No, Claude Lévi-Strauss no inventó los pantalones vaqueros, eso lo hizo otro Levi Strauss, un fabricante de telas de origen alemán que murió seis años antes de que naciera el antropólogo francés. Ahora se encontrarán juntos en el submundo de los cementerios, y a lo mejor se intercambian los pantalones mientras Francisco Ayala les lee algunos de sus relatos de El jardín de las malicias.

La verdad es que cuando se tienen más de 100 años, como era en ambos casos, ya poco queda por hacer o por decir, aparte de morirse y que todos se sorprendan. La naturaleza termina de hacer su trabajo ecológico con un poco de retraso. Francisco Ayala estaba cansado hasta de su nombre, según dijo en algunas ocasiones. Con 103 años la muerte se convierte en impaciencia. Todas las fotos son la última foto, todas las entrevistas la última entrevista, todos los libros el último libro. Imagino que los estudiosos y admiradores de Levis-Strauss y de Ayala que lograban acercarse lo hacían con la conciencia de estar ante la presencia de una leyenda que por un error de la biología aún está viva. No hay manera de cerrar el currículum final, y en todas las contraportadas de sus libros permanece un paréntesis con la fecha de nacimiento seguida de un guión huérfano que se asoma a un precipicio en blanco, una fosa abierta, una navaja que apunta al corazón del autor, a la espera de sepultar muy pronto su historia con la clausura del guión: (1906- ), (1908- ).

No conocí personalmente a ninguno de los dos, y los leí a los dos. Ellos dirían que sí, que estaban en los libros, que hablamos muchas veces en ese diálogo abierto en el tiempo, a contrapié, como todos los diálogos de los libros. Yo pasé muchas horas siguiendo los derroteros de sus pensamientos, recuperando a solas el discurso que habían elaborado tiempo atrás, también a solas. Menos mal que los libros no mueren, y que podré volver a conversar con ellos, siempre que no pretenda hacer muchas preguntas. Siempre que no busque demasiadas respuestas. Los buenos autores nunca dan respuestas, sino que amplifican las preguntas, y hasta te obligan a formular otras nuevas, desconocidas antes, que no tienen respuesta. Los que tienen respuestas se llaman beatos, ayatolas o creyentes. Los que tienen preguntas son los críticos, los inconformistas, los exploradores. Por supuesto que también hay preguntas con respuesta: ¿Qué tenemos hoy para cenar? Tortilla de patatas. Y en efecto, habrá tortilla. ¿Quién aceptará el próximo soborno? Será un cargo público, entre concejal y diputado. Pero esas preguntas son demasiado simples. Es el lenguaje en función fática. Ah, sí. Ajá. Claro, claro, por supuesto. ¡No me digas! Pues sí, como te lo cuento.

El mes de los muertos. Peancha está llorando en La Laguna, estoy seguro, porque hace un año murió mi madre (la misma que la suya) tras una agonía imperdonable. Y dos semanas después, mi padre. Siempre es en noviembre, siempre otoño, cuando llega el frío y el cuerpo se convierte en nieve. Ya lo advirtió César Vallejo: “Me moriré en París con aguacero, un día del cual tengo ya el recuerdo.” Estamos en noviembre, pero no pienso morirme todavía. Quita, quita, qué disgusto. Además, yo por una tortilla de patatas soy capaz de matar a la muerte, y aún no he cenado. Va siendo hora.

martes 27 de octubre de 2009

3500 lenguas en peligro de extinción

De las 6700 lenguas vivas que existen actualmente en el mundo, se calcula que la mitad de ellas habrán desaparecido a finales del presente siglo, según cálculos realizados por la Unesco en su Atlas de las lenguas en peligro en el mundo. Con ellas se extinguirá una parte fundamental del patrimonio cultural inmaterial de la humanidad. Cada lengua que muere equivale a lo que en biología sería la muerte de una especie. De la lengua hablada, de su uso cotidiano y su trasmisión de generación en generación, dependen tanto los modos de entender y organizar el mapa mental del mundo, como los rituales, las artes escénicas y la artesanía.

Los biólogos y naturalistas se alarman, con razón, cada vez que desaparece una especie, porque con ella desapaceren también todas las posibilidades de regeneración celular, elaboración de antídotos y medicinas, alimentos únicos, cadenas de ADN imposibles de clonar y que tardaron millones de años en perfeccionarse, y eliminación de la biodiversidad. Cada vez que una lengua muere, con ella muere toda una tradición de pensamiento, los rastros de una cultura que fue lo suficientemente fuerte como para generar las estructuras lingüísticas y el léxico necesario para construir un universo mental, un sistema de comunicación creado, compartido y consensuado por la comunidad de hablantes, una visión única e irrepetible del mundo, unas reglas de comunicación y convivencia que nunca más podrán ser exploradas ni compartidas. Es como si de un único cerebro mundial, compuesto por tantas neuronas como hablantes, estuviera siendo trepanado y se le amputaran la mitad de sus neuronas.

¿Por qué desaparece una lengua? La razón primera, trágica y obvia, es la muerte de todos sus hablantes. Puede ser resultado de guerras y genocidios, o debido a epidemias imparables, como las que se extendieron en América en las poblaciones indígenas a raíz de la llegada de los españoles, o debido a catástrofes naturales que acaban con todo el conjunto de hablantes. La muerte de una lengua, en esos casos, va unida a la muerte de toda una raza, a la desaparición física de todos sus hablantes. Cada dos semanas desaparece un idioma, debido a la muerte de su último hablante. La lengua de Manx en la isla de Man, se extinguió en 1974 cuando con 97 años murió Ned Maddrell. La lengua Eyak, de Alaska, desapareció en 2008 cuando murió Marie Smith Jones con 89 años. El idioma zoque, del pueblo de Ayapán, en el estado suroriental de Tabasco, México, solo tiene dos hablantes vivos: son dos ancianos que están peleados entre sí, y que han dejado de hablarse hace pocos años.

Existen casos en que la desaparición de lenguas está provocada por cambios en el medio ambiente, debido a la destrucción del sustrato de una comunidad de hablantes, con los procesos consiguientes de emigración, diseminación y renuncia. Las invasiones culturales son factores que pueden afectar a la actitud de los hablantes hacia su propia lengua. Sucede cuando una comunidad entra en contacto con otra de lengua diferente, de economía más fuerte y de cultura más agresiva y excluyente. Si al factor económico se añade el político, hay una sentencia de muerte sobre la lengua amenazada. Bolivia, por ejemplo, tiene el doble de diversidad lingüística que toda Europa, ya que cuenta con 37 lenguas y ocho familias lingüísticas.

Existe un Registro de buenas prácticas en la preservación de las lenguas en peligro de extinción. Las que corren más peligro, como es natural, son las que están más desprotegidas, con menor número de hablantes, desprestigiadas por las culturas dominantes, y que se hablan en entornos donde la economía y el apoyo gubernamental es más débil. Esto ocurre por desgracia con varios miles de lenguas de América central, Sudamérica, África y Asia.
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Imagen: Detalle del cartel elegido por la Unesco para conmemorar el Día Internacional de la Lengua Materna 2009

domingo 25 de octubre de 2009

Con Antonio Rodríguez Almodóvar

La Biblioteca de Sarajevo fue bombardeada e incendiada el 25 de agosto de 1992 por la artillería del ejército serbobosnio. Tenía en sus fondos unos dos millones de libros y miles de documentos y manuscritos conservados a lo largo de siglos tanto por musulmanes como por serbios ortodoxos, croatas católicos y judí­os.

No es la primera, ni la última. Quemar bibliotecas es un deporte que se practica desde la antigüedad. Los dos incendios de la Biblioteca de Alejandría tienen prolongaciones en el presente. El domingo 13 de abril del 2003 la Biblioteca Nacional de Irak fue asaltada y quemada. En esa ocasión desaparecieron más de un millón de libros, así como tablillas cuneiformes sumerias que narraban la Creación o el Diluvio, ejemplares valiosos del Corán y la primera revista en lengua persa editada en el mundo.

El viernes nos levantamos temprano, nos fuimos al puerto de Santa Cruz y cruzamos en barco a la isla de Gran Canaria. Allí se iba a celebrar el Día de la Biblioteca, y teníamos una cita con Antonio Rodríguez Almodóvar para hablar de cuentos, novelas, tradición oral y de la Red Internacional de Cuentacuentos, a la que Antonio se ha incorporado como uno de los nuevos coordinadores desde hace poco.

Para quien no lo conozca (es difícil que así sea, siempre hay sucesos inexplicables), Antonio Rodríguez Almodóvar es el mayor estudioso de cuentos de tradición oral de cuantos existen en España. Es casi imposible encontrar una biblioteca que no tenga sus Cuentos al amor de la lumbre, o los Cuentos de la Media Lunita. Antonio no solo ha recogido la mayor y más exacta colección de cuentos de tradición oral de España, sino que sus estudios teóricos, bien asentados en Propp y en el estructuralismo, han generado la hermenéutica y taxonomía de cuentos más precisa de cuantas se han publicado. Recomiendo desde aquí El texto infinito (podréis leer en la web de la Red Internacional de Cuentacuentos su Introducción), y el recién salido de imprenta Del hueso de una aceituna (nuevas aproximaciones a la literatura oral), editado por Octaedro, prolongación y apostillas a El texto infinito. Su trabajo de recopilación e investigación es impagable, por más que la editorial Anaya afirme que los cientos de miles de ejemplares vendidos de sus obras han sido puntualmente abonados. Ahora, además, se descuelga con una novela para adultos, con ribetes eróticos de alta tensión en los últimos capítulos, que será publicada por Alianza editorial antes de fin de año.

En el Día de Biblioteca leyó el pregón uno de los grandes escritores canarios de literatura infantil y juvenil: Carlos Guillermo Domínguez, 85 años dedicados a la escritura. Luego estuvimos hablando de los orígenes de La Hora del cuento con Montserrat del Amo, otra de las grandes de la literatura y del cuento. Zoraida Rodríguez y Nieves Pérez Ribero, del Plan del Fomento a la Lectura, hicieron de buenas anfitrionas, nos condujeron hasta el Gabinete Literario, y nos pusieron un trozo de tarta en las manos. ¿Qué más pedir a la vida? Bueno, sí, una cosa: que dejen de una puta vez de quemar bibliotecas cada vez que a un energúmeno se le calientan tres neuronas.

Antonio Rodríguez Almodóvar, Bea y yo nos escapamos a hurtadillas del Gabinete Literario y nos fuimos a una terracita al aire libre a comer croquetas, tortilla y queso con tres pintas de cerveza a las puertas de la Biblioteca Municipal. La noche fue generosa y cálida como una mulata caribeña, y una orquesta de rumanos con saxo, contrabajo, violín, acordeón y pandereta nos rondaron con tangos y piezas clásicas de jazz. ¿Qué más pedir? Un gin-tonic y un Ballantine’s con hielo, por favor. Y que dejen de una puta vez de quemar bibliotecas, si no les importa.

Regresamos andando por la calle Triana hasta el hotel El Parque. ¡Qué buena noche, qué olor a mar! Seguimos repasando amigos comunes y geografías compartidas, proyectos de novelas y proyectos de vida (a veces las confundimos, quizá a sabiendas), memorias de la oralidad y memorias escritas. Pasado y futuro enmarcado en la sintaxis del proceso de escritura. A la mañana siguiente, después del desayuno, nos hicimos una foto. ¿Has soñado algo esta noche?, me preguntó Antonio. No me acuerdo bien, le dije, pero sí, ahora que lo dices, soñé que no volvían a quemar ninguna biblioteca. Era un sueño, claro.

miércoles 21 de octubre de 2009

El esqueleto

Esta mañana, después de echar al correo unas cartas, hemos dado una vuelta por el Puntillo del sol, en la Matanza de Acentejo, para visitar el esqueleto. Así lo llaman por aquí, torciendo el gesto.

Nos ha costado un poco encontrarlo, porque estaba oculto en un barranco tras algunos edificios de diez plantas. Tiene que estar detrás de ese. No, no, detrás de aquel. Por fin, después de una curva huérfana, lo encontramos. Desde tierra no es fácil verlo, se esconde avergonzado de sus costillas de metal oxidadas y su hormigón resquebrajado. Lleva allí muchos años, haciéndole burla a los barcos que pasan como un exhibicionista impúdico que muestra su sexo depilado a las adolescentes en el parque. Le hice una foto, que se resistió a entrar en la cámara a través del objetivo. La escuché silbando y arañando el pentaprisma y golpeando después las paredes negras de la caja oscura en donde quedó encarcelada.

Ahora sale aquí, para vergüenza de concejales y arquitectos. Esta es una de tantas heridas de la costa y de la especulación inmobiliaria. El esqueleto respira por las noches, y el viento levanta el polvo y recorre los pasillos por los que nunca correrán los niños, los dormitorios donde ni los fantasmas hacen el amor, los balcones sin baranda que se suicidan en el mar de Tenerife, frente a la isla de la Palma.

Un monumento a la infamia.

No sé, por un momento me ha parecido que ese esqueleto de metal y hormigón despellejado, abandonado a su suerte y su desnudez insoportable, era una foto heredada de un tiempo que aún está por llegar. Tal vez el futuro sea un monstruo a medio construir, un esqueleto despoblado de amor, de una fealdad obscena.

sábado 10 de octubre de 2009

Enlázate a la Red Internacional de Cuentacuentos

Queridos/as amigos/as:

La Red Internacional de Cuentacuentos (International Storytelling Network) es un portal de narradores orales abierto a todos los interesados en la difusión del cuentacuentos, la animación a la lectura, la creación literaria y las artes escénicas. Esta plataforma de interconexión y divulgación del trabajo de cuentacuentos agrupa a más de 1000 narradores de 50 países en los cinco continentes. El hecho de que gran parte de sus coordinadores sean españoles o latinoamericanos ha permitido que el 90 por ciento de los cuentacuentos inscritos sean de países de habla hispana.

El portal de la Red Internacional de Cuentacuentos www.cuentacuentos.eu, así como su megablog de narradores, y su grupo de Facebook, ha recibido más de 1500 adhesiones de bibliotecas, narradores, centros culturales, fundaciones, editoriales, centros educativos y grupos de teatro.
Desde la Red Internacional de Cuentacuentos queremos ofrecerles nuestra colaboración para actividades relacionadas con el cuentacuentos, la animación a la lectura, y la formación de nuevos narradores orales (Talleres de cuentacuentos). En la Red Internacional de Cuentacuentos están inscritos los mejores narradores, especialistas y autores de la LIJ en lengua española. Nuestro email red@cuentacuentos.eu está a su disposición.

Nos gustaría, por último, solicitar que incorporen en su web o a su blog un enlace a la Red Internacional de Cuentacuentos www.cuentacuentos.eu , con la certeza de que muchos de sus visitantes habituales agradecerán la información que se les brinda.





Red Internacional de Cuentacuentos


El logo que se puede capturar en la página www.cuentacuentos.eu , tras lo cual habrá que hacer el enlace a Red Internacional de Cuentacuentos

Y colorín, colorado....

Un abrazo,
Enrique Páez

jueves 24 de septiembre de 2009

Cuentacuentos sin fronteras en Tenerife

(Noticia publicada en www.LoquePasaenTenerife.com)

Cuentacuentos sin fronteras en Tenerife

Los escritores Beatriz Montero y Enrique Páez gestionan desde la isla una red internacional de narradores orales. En un mes se han inscrito en su web 300 cuentistas. Uno de sus planes es montar un festival en Santa Cruz.

Enrique Páez
y Beatriz Montero decidieron hace tiempo dejar su residencia en Madrid para instalarse en Tenerife. Después de un concienzudo análisis de varios lugares en los que establecerse, entre ellos Costa Rica o Tailandia, se decantaron por Canarias. En sus maletas trajeron también su gran pasión, la literatura. Ambos son escritores y ella, además, narradora oral. Ahora, desde esta isla, coordinan junto a otras diez personas de otros tantos países una red internacional de cuentacuentos.

La iniciativa, lanzada hace un mes, se sostiene con una web y un blog de blogs que agrupa las bitácoras de muchos de los intérpretes. En este tiempo se han dado de alta más de 300, aunque los administradores del sitio ya contaban con una base de datos que superaba los 1.000 contactos. Gracias a su experiencia también aportaron al proyecto varios acuerdos con organizaciones relacionadas con la enseñanza y el uso de la lengua.

En la web se pueden dar de alta dos perfiles de usuario: narradores y organizadores de eventos. El objetivo es tender lazos entre los cuentacuentos de todo el mundo (hasta ahora más del 90% procede de España y Latinoamérica), ayudarlos a difundir su trabajo y colaborar en la organización de reuniones y talleres. "Queremos interconectar, promover la animación a la lectura e impulsar la oralidad, que hoy en día está deteriorada", comentó Enrique durante la charla con este digital, de la que arriba tienes un resumen en vídeo.

¿Qué hace un cuentacuentos? Básicamente, narra, utilizando la voz y el lenguaje corporal, relatos procedentes de la cultura popular (transmitidos de boca en boca) o la literatura. Los textos se reinterpretan evitando la cita literal: a diferencia de un actor de teatro o monologuista al uso, el cuentacuentos no memoriza sino que improvisa. Beatriz Montero lo explica con un símil: "Yo lo comparo siempre a cuando recuerdas un viaje que has hecho. Es una historia que, como la has vivido, puedes relatar muchas veces y cada vez es distinta, incorporas una cosa nueva, exageras otra".

¿Qué aporta la narración oral? Enrique Páez destacó, entre otros beneficios, que nos hace más creativos, nos estimula a leer y escribir y nos ayuda a expresarnos mejor en público. "Debería ser una materia obligatoria en los cursos de formación del profesorado", opinó. Asimismo, una de sus ventajas es que puede servir para eliminar barreras culturales y potenciar la integración de los inmigrantes. Ellos dos han tenido ocasión de disfrutar de un mismo relato en la voz de personas de distintos países. "Te sirve para percibir que es algo universal", señaló Beatriz.

¿Hay actividad en Tenerife? La narración oral goza de buena salud en la isla gracias a la organización de festivales como los de El Sauzal y Los Silos y programas esporádicos o regulares en La Laguna y la Casa de la Cultura de Santa Cruz. Beatriz y Enrique consideran que, en proporción, hay más actividad de este tipo en Canarias que en la península.

La red internacional de cuentacuentos ha tenido una acogida que sus promotores no esperaban, hasta el punto de que confiesan estar "un poquito desbordados". Su grupo en Facebook tiene más de 350 seguidores y su perfil de esa misma red social cuenta con más de 1.000 amigos, entre ellos 10 institutos Cervantes. Ahora, su objetivo es dar el salto desde internet y organizar un "gran festival" en Santa Cruz Tenerife. Por lo pronto, el 19 de noviembre la iniciativa será presentada en una de las tiendas Fnac y en una biblioteca municipal de Madrid por sus coordinadores en Canarias, México y Cuba.

(----fin de la noticia---)

lunes 21 de septiembre de 2009

Cuento, novela, epidermis, útero y espacio

Hay un espacio irreal sobre el que se escribe, descrito en el cuerpo textual de la misma escritura, y un espacio real físico y tangible desde el que se escribe. En este breve apunte trataré justamente de la inversión de factores que aquí es evidente, pues lo irreal imaginado se convierte en real y objeto de estudio, mientras lo real pasa de tener la menor importancia (durante la producción, en el tiempo en el que yo escribo, en el espacio concreto que me rodea mientras escribo, espacio que no está reflejado de modo directo en este escrito, y que de modo indirecto y subconsciente apenas aparecerá en las erratas, asociaciones y lapsus linguae que ni el propio autor sería capaz de descifrar), y que llegará a su término con el olvido temprano de la memoria de ese espacio y su completa desaparición, cuando el producto está acabado y en manos de otros.

Pero nos interesa aquí y ahora hacer una pequeña reflexión de la analogía entre el cuerpo físico del autor, genérico-abstracto y personal-concreto al mismo tiempo, y el género de la escritura durante el proceso de la escritura, del acto de escribir. Se ha señalado innumerables veces, y nuestra opinión es coincidente en ese punto, a pesar de que Poe sostenga lo contrario en su autoanálisis de la escritura de El cuervo, que la escritura del cuento es más externa, epidérmica, centrípeta, divergente, exacta, milimetrada, medida, concentrada, microscópica y cerebral que la de la novela, a la cual correspondería una escritura más interna, visceral, centrífuga, interiorizante, convergente, egotista e intestinal. Eso es lo que al menos la mayoría de los autores (no de los críticos) han manifestado con respecto a su propia escritura. José Luis Sampedro, por ejemplo, asegura que el trabajo de un escritor (él habla de novelistas, su especialidad) se asemeja al de un minero, que cada mañana debe descender a la mina, garganta adentro a través de su propio cuerpo, para buscar entre los intestinos los materiales y las piedras que serán necesarias para la construcción de su historia. Aunque la historia que vaya a escribir trate de sirenas. La escritura, según él, nace de allí, del submundo de las entrañas. Y termina afirmando que no en vano, al escribir con las entrañas, estamos elaborando productos entrañables, que la escritura es lo más entrañable que tiene el hombre. Así se escriben las novelas, con más intestino que cerebro, aunque Flaubert y Vargas Llosa a veces parezca, sólo lo parece, que digan lo contrario (vease La orgía perpetua, de Vargas Llosa).

También con la lectura, dando un salto al lector y a la pragmática, pasa lo mismo: un cuento, habitualmente, es admirado desde afuera, como construcción. Nos admiramos de su equilibrio, de la cabriola sorprendente que el autor nos ofrece, como un buen chiste, como una ocurrencia, un destello, un relámpago que nos ilumina brevemente; en cambio en la novela existe una fusión con el autor y los personajes, se lee desde dentro, olvidados ya de que estamos ante un producto literario, confundidos y convencidos de que aquello es un fragmento de vida, y no ya de la vida del autor o de los personajes, sino de nosotros mismos, los lectores, que en un último proceso de identificación y empatía, vivimos, sufrimos y gozamos de y con las peripecias de sus personajes. Y si así no sucediera, entonces existirá un doble fracaso: del autor como demiurgo, que ha sido incapaz de secuestrarnos de nuestra realidad para trasladarnos a la suya, y de nosotros como lectores, que hemos sido incapaces de despegarnos de nuestra piel y vestirnos con la piel de otro.

Así pues, el proceso de escritura de un cuento, según Cortázar (seguidor y traductor de Poe), tal y como explica en su ensayo “El cuento breve y sus alrededores”, es un acto de catarsis y extrañación:

“Un verso admirable de Pablo Neruda: Mis criaturas nacen de un largo rechazo, me parece la mejor definición de un proceso en el que escribir es de alguna manera exorcizar, rechazar criaturas invasoras proyectándolas a una condición que paradójicamente les da existencia universal a la vez que las sitúa en el otro extremo del puente, donde ya no está el narrador que ha soltado la burbuja de su pipa de yeso. Quizá sea exagerado afirmar que todo cuento breve plenamente logrado, y en especial los cuentos fantásticos, son productos neuróticos, pesadillas o alucinaciones neutralizadas mediante la objetivación y el traslado a un medio exterior al terreno neurótico; de todas maneras, en cualquier cuento breve memorable se percibe esa polarización, como si el autor hubiera querido desprenderse lo antes posible y de la manera más absoluta de su criatura, exorcizándola en la única forma en que le era dado hacerlo: escribiéndola.”


En un cuento no debe faltar ni sobrar nada. Es una obra de encaje de bolillos, de relojería milimétrica, de prestidigitación, como la del mago que saca un conejo del sombrero. La pluma del escritor de cuentos es un bisturí que abre el cuerpo del lenguaje, lo sangra y lo recompone con asepsia, precisión y mascarillas. En un cuento cuenta (importa) cada palabra, cada frase, y sobre todo lo que no se cuenta, lo que queda elidido, pero que existe, y que solo se recompone y prolonga en la lectura y participación del lector, que juega con el escritor a un juego no declarado ni previsto, pero siempre presente, de adivinanzas y tinieblas.

En la novela, por contra, se permiten hilachos sobrantes en forma de digresiones más o menos oportunas, historias secundarias, frases poco afortunadas y exceso de adjetivos o adverbios. No importa ahí la exactitud, porque una novela no es una báscula de precisión, sino la construcción de una historia que está más allá de cada frase, la modificación y crecimiento de un personaje, la construcción o destrucción de un espacio narrativo. Si en un cuento hay un mar que palpita con la fuerza de las frases como olas , en una novela son los párrafos como mareas los que construyen la historia. Hay grandes novelistas de frases torpes y cacofónicas que sin embargo construyen universos vivos y asombrosos; como hay cuentistas magníficos, velocistas de 100 metros lisos, que se pierden en el exceso de vida salvaje de la novela maratoniana.

El cuento, en su contemporaneidad, no puede sino ser un animal ciudadano, cortés, educado, minimalista, premeditado y controlado; mientras que la novela, antigua y atávica como la épica, es una animal salvaje, indomable, imprevisible, desbordante, excesivo y descontrolado. El salto de la novela al cuento es el mismo salto del campo a la ciudad, del XIX al XX, del aire libre al ambiente cerrado. No recuerdo que se haya hecho ningún estudio acerca de la diferencia de espacios entre el cuento y la novela, pero estoy casi seguro de que los personajes del cuento habitan, normalmente, en lugares cerrados, bajo techo, íntimos y familiares, conocidos y rutinarios, casi femeninos (en las cualidades esenciales de lo femenino-interior), mientras que los de la novela serán con más frecuencia espacios abiertos, sin paredes ni vallas (o en lucha contra ellas), sociales, ajenos, desconocidos y selváticos, casi masculinos, en ese mismo sentido tópico de lo esencial masculino-exterior.

No me cabe duda de que la anterior aseveración puede ser considerada por alguien como políticamente incorrecta, y que no será del gusto de las corrientes de igualitarismo sexual, que pretenden disfrazar hasta el lenguaje con vestidos unisex, pero no está demostrado que esa corriente de la political correctness sea la que más se acerca a la verdad o al rigor científico, histórico, hermenéutico o humanístico.

Pero se podría ir algo más allá, en el paralelismo y la posible sexualidad del espacio. Desde luego, hay un espacio interior en la mujer que no puede ser obviado: el espacio intrauterino, en donde se gesta el mayor prodigio de la naturaleza, la auténtica creación en sí misma, la obra que tiene vida per se, y no de modo metafórico, analógico ni alegórico, sino genético y biológico puro y duro. Si el milagro de la creación, tal cual, sucede, se manifiesta, crece y explosiona dentro del cuerpo de la mujer (un espacio interior, protegido y protector, amable y amado, añorado hasta la muerte), no es del todo descabellado pensar que el varón, el hombre observador y hacedor, pero incompleto y torpe comparado con la destreza de la mujer que fabrica no utensilios o reflejos de la vida, sino la vida en sí misma, reproductora, multiplicadora y perpetuadora de la propia especie, ponga más ahínco o interés en sublimar su ausencia de gestación en gestaciones paralelas, pálidos espejos de la vida auténtica que nace y crece dentro del vientre de la hembra. Y a este respecto, es el propio Anzieu Didier en El cuerpo de la obra (pág. 92-93) quien recuerda y cita a E. Jones, “De la nature du génie” (1956):

“Tan sólo el término de ‘inspiración' evoca un acto de absorción física. Los poetas hablan a menudo de la gestación de sus sueños, y las palabras ‘concebir' y ‘procrear' se aplican igualmente a actividades corporales. Un escritor puede decir que está pariendo una idea o que está de dolores de parto al hablar de su estado intelectual. Además hay que subrayar que a veces sucede --y este era el caso de Freud-- que la gestación del pensamiento que precedía a la iluminación estuviera acompañado por el tipo de malestar que recuerda los dolores del parto. El hecho de que las mujeres dispongan de medios más directos para expresar este instinto explicaría, entonces, el hecho innegable de que el pensamiento creador más importante sea casi una prerrogativa del sexo masculino. Es el equivalente --el único al que puede aspirar-- del don de creación, de parto corporal concedido a la mujer .”

Desgraciadamente, no son buenos tiempos estos en los que vivimos ahora para hacer afirmaciones como las precedentes, porque parece que contradicen los estudios de género, siempre necesarios, que se realizan sobre la diferencia entre masculino y femenino a lo largo de la historia. Y no queremos nosotros aquí y ahora levantar la polémica, sino añadir, para lo que pudiera servir y para quien le pueda interesar, un rasgo más con respecto a la creación que no suele estar presente en dichos estudios de género, más interesados en hacer justicia y desenmascarar las presiones machistas históricas y auténticas del lenguaje y la sociedad que en otras explicaciones que, insistimos, no son alternativas sino complementarias.

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Post Scriptum: Terminado este artículo, me pregunta Ruth, una ciberamiga bloguera y profesora en el País Vasco, si de él se puede deducir que las mujeres por el hecho de parir ya no tienen derecho ni talento para escribir. La observación me pareció tan alarmante que no me queda más remedio que declarar aquí que ni en mil años y cien reencarnaciones estaría yo diciendo eso. Para nada. No porque no me atreviera a decirlo si lo pensara, sino porque no lo pienso. Lo que aporto aquí, al final del texto, y tal vez no me haya expresado bien, es un apunte genético que pudiera explicar en parte, solo en una pequeña parte, el fervor de los hombres (género masculino) por tratar de dominar y manipular no solo la guerra y la economía, sino también la historia de las artes. Decir que las mujeres no pueden o no tienen capacidad para realizar tareas artísticas es un insulto. La frase, desafortunada por su pretendida totalización que afirma "el hecho innegable de que el pensamiento creador más importante sea casi una prerrogativa del sexo masculino" no es mía, sino de Didier, y ahí diferimos Didier y yo, porque él no tiene en cuenta un elemento fundamental, y es que la historia y la cultura han sido secuestradas, reescritas y manipuladas en exclusiva por el género masculino desde sus inicios hasta la fecha.

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Foto capturada con Google. Si es tuya dímelo y te cito o la borro.

miércoles 9 de septiembre de 2009

Un muerto cada tres segundos

Nada más dar el primer sorbo al café con espuma de nata recién servido por la camarera venezolana, supe que tres niños acababan de morir de hambre en Etiopía, uno más en el desierto de Mauritania y otro más en un suburbio de Calcuta. La conciencia de esas muertes me quemó los labios. ¿Qué tipo de café me habían puesto en la taza de porcelana? Miré a mi alrededor sorprendido, pero los clientes del resto de las mesas seguían conversando sin angustia del corte nuevo de pelo de Ainhoa, y las ventajas de usar la plataforma-Vibro 1000. Las madres de los niños recién muertos a más de diez mil kilómetros de distancia empezaron a llorar con un gemido ensordecedor, y su rabia me llegó con total claridad a mis oídos. Contuve la respiración y miré al horizonte. El sol se ahogaba en el mar, y el valle de la Orotava sangraba lágrimas de luz por las cañadas del Teide. Traté de tranquilizarme razonando que quizá solo fueran las farolas y las luces de las casas recién prendidas. Pudiera ser, pero en esos breves segundos supe con certeza que habían muerto setenta nuevos niños con el estómago reventado de aire y hambre. Un escalofrío me recorrió la espalda. Quise llamar a la camarera, pero la voz no me llegaba a la boca. Empecé a llorar, en silencio, sin que nadie se diera cuenta. El café se me quedó frío. Empecé a cronometrar, y calculé que cada tres segundos había un nuevo muerto de hambre. Podía ver todas sus caras cadavéricas. Cinco minutos y cien muertos después la camarera venezolana se acercó y me preguntó si no me gustaba el café, y si no pensaba siquiera probar la tarta de frambuesa que me había servido en la misma bandeja. En el tiempo que tardé en mirar el trozo de tarta, dos niñas dejaron de respirar en Ghana. Me entraron arcadas, y estuve a punto de vomitar la tarta que aún no había probado. Dejé cinco euros sobre la mesa y apretando los labios salí tambaleándome del Café Vista Paraíso. Vomité sobre la acera mientras otros cinco niños paralizaban sus latidos minúsculos en brazos de sus madres en el centro de África. No pude contar los muertos que me siguieron hasta casa. Solo esa noche murieron diez mil más. Y al día siguiente treinta mil más. Y treinta mil al otro. Todos fueron muertos por hambre. Y así todos los días. No sé qué pasa, pero no me acostumbro. Voy a ponerle una denuncia al Café y a la camarera. Ya no lo soporto más.

Foto capturada con Google. Si es tuya, dímelo y te cito, o la borro.

miércoles 2 de septiembre de 2009

Red Internacional de Cuentacuentos




En Caracas cantaban "No estaba muerto, que estaba de parranda".
Eso estaríais pensando que me pasaba a mí, después de tan larga ausencia.

Pues tampoco es verdad, porque yo ni estaba muerto, ni estaba de parranda, sino montando la web www.cuentacuentos.eu de la Red Internacional de Cuentacuentos. Un jaleo que no veas.
En la coordinación estamos:
Tenemos localizados a más de 1000 cuentacuentos (básicamente de habla hispana) en cerca de 40 países de los cinco continentes, y muchos ya están empezando a conectarse y conocerse a través de nuestra web cuentacuentos.eu

O sea, un trabajo del carajo. Pero está quedando chula pichula (la página, digo), con bibliografías exhaustivas, centenares de relatos, enlaces a casi todo, links a festivales de cuentacuentos, teórica de la narración y páginas personales de narradores orales.
También hemos montado un blog de blogs de cuentacuentos. Se llama redinternacionaldecuentacuentos.blogspot.com , y en él se despliegan varias decenas de blogs de narradores de todo el mundo.

Ni muerto ni de parranda.

Y yo que vivía tan tranquilo en Tenerife mirando al mar, contando olas y vigilando la isla de la Palma, a lo lejos, para que no se la lleven.

Pues eso, que si estás interesado/a en la narración oral y los cuentacuentos, que nos hagas una visita. Y si eres del oficio, que te apuntes. Sale gratis.

Un abrazo, que vuelvo a mis scripts de la web.

jueves 20 de agosto de 2009

En casa siempre es mucho mejor

—Oye, Luci, si quieres te espero a que termines y te invito a tomar algo, que acabo de cobrar —dijo Adrián recogiendo del mostrador el sobre de la paga semanal sin separar los ojos del escote de la secretaria.

Luci lo miró y arrugó la nariz, como si de repente le hubiese llegado un insoportable olor a podrido. Esa era su respuesta. Adrián le daba asco, apestaba a vino rancio, era el tipo más sucio del almacén, el más vago y el más desagradable. No sabía por qué aún no lo habían despedido.

—Vamos a dejarlo para otro año, ¿vale? Para dentro de mil o dos mil años, si te parece. Si no tienes otra cosa que hacer, ya puedes ir saliendo.

La chica le dio la espalda para ver si así se daba por enterado.

—Yo ya estoy salido. Joder, nena, que no me entere yo que ese culito pasa hambre.

Luci se dio la vuelta como si la hubiese picado un alacrán en la espalda. Ese cabrón se había pasado tres pueblos. En un rápido vistazo se dio cuenta de que estaban solos, aunque el resto de sus compañeros no podían andar muy lejos. Adrián seguía allí, abierto de piernas con el mono azul sucio de grasa, mostrando unos dientes amarillos que pretendían ser una sonrisa. Con la mano derecha se apretaba el paquete hinchado por encima del mono.

—Mira que eres cerdo. No te puedes hacer idea del asco que me das —dijo Luci tratando de no gritar—. Esta vez voy a dar parte a dirección.

Adrián, sin dejar de mirar el escote de Luci, carraspeó y estuvo a punto de escupir al suelo. Antes de hacerlo se dio cuenta de que estaba en la oficina, y no en el almacén, así que apretó las mejillas y se tragó el gargajo.

—No te hagas la ofendida, Luci, que se nota cómo te gustan las pollas. Yo solo quiero que pruebes la mía, que seguro que te va a gustar más que la de esos mariconcetes de la oficina. ¿Qué me dices? Bueno, luego me contestas, que ahora tengo curro.

Adrián ladeó la cabeza, dándose la razón a sí mismo, y salió de la oficina rechinando las muelas. Ya estaba harto de hacerse pajas pensando en la guarra de Luci. Estaba seguro de que era una de esas estrechas que luego gritan de gusto cuando le metes un pepino como dios manda. ¿A qué venían si no esos escotes y esas minifaldas? La tía buscaba guerra, y él tenía guerra entre las piernas para ella y para su amiga Juana. Vaya par de zorras.

Aún faltaban dos horas para terminar la jornada. Joder, qué viernes tan largo. Si Luci no decía nada, es que le gustaba el juego. Las mujeres cuando dicen que no, es porque quieren que insistas. Todas son iguales. Incluso su mujer y su hija. Otras dos putas de campeonato. Si su mujer no follaba era porque era fea y gorda, y daba asco. ¿Quién iba a querer follar con esa foca? Aunque para hacer mamadas seguro que todavía servía. A él no, pero los demás, en el mercado, y en las tiendas… Estaba convencido de que estaba gorda de tanto tragar pollas. Menuda guarra. De vez en cuando tenía que darle un par de hostias para que no le perdiera el respeto, porque las tías son así, lo llevan en la sangre las jodidas, en cuanto te das la vuelta se bajan las bragas. Él le había quitado las bragas a más de dos docenas de putas en los últimos años, y todas le decían lo mismo: "Paga por adelantado, cariño, que después de correrte ya no hay quien cobre." Su mujer seguro que lo hacía gratis. Pues mira, hoy se iba a llevar la hostia que le tenía que haber dado a la Luci.

—Adrián, cojones, ¿quieres mover esas cajas de una puta vez? Es el único trabajo que tenías que hacer desde el mediodía. No sé para qué coño vienes al almacén. Para tocarte los huevos quédate en casa, cabrón —le dijo Juan Luis, el encargado.

Otro chupapollas. Ese estaba cabreado porque su mujer era la más puta del barrio. Le venía a buscar cada tarde y bajaba del coche enseñándoles a todos el coño. Nunca lo pudo ver bien, pero seguro que tenía el chocho peludo.

Aunque para puta, puta, su hija Soraya. A la madre tenía que salir. Con trece años se ponía unas minifaldas que ni las negras de la Casa de Campo se atrevían a ponerse. Incluso tenía un cajón lleno de tangas minúsculos que olían a perfume. Seguro que se los ponía para que los chicos del instituto le comieran el coño. Alguna vez había tenido que meterle una hostia para que se enderezara, pero ya lo dice el refrán: Puta la madre, puta la hija, puta la manta que las cobija.

Una hora antes de sonar el timbre de salida, Adrián vio llegar al gerente Menéndez acompañado de Julián, el segurata. ¿A qué cojones venían esos? Vaya par de julandrones. Menéndez tenía mala cara. La de siempre, vaya. Venían a buscarle.

—Adrián, aquí tienes tu carta de despido. Ahora recoges todas tus cosas y no vuelves por aquí en tu vida. La semana que viene te llamará el contable para ingresarte el finiquito.

—No puedes despedirme. Tengo contrato fijo —dijo Adrián no seguro del todo.

—Tú te vas al puto paro a partir de hoy. Y no me toques las pelotas o declaramos despido procedente y te ponemos una demanda por acoso. Luci nos lo contado todo. Mira que eres gilipollas.

¡Será hija de puta! Esa se merecía no una polla, sino un bate de béisbol en la cabeza.

—¿No me has oído? Lárgate —insistió Menéndez. Luego se giró hacia el segurata del almacén—: Julián, acompáñale a la salida y asegúrate de que lo perdemos de vista.

—Qué hijos de puta —dijo Adrián empujado por Julián—. Tenía que haberos puesto un petardo en el almacén.

Se fue al bar de Quino, y empezó a beber con más intensidad que otros viernes. Pandilla de cabrones. Quino le servía los cubatas, uno tras otro. Sabía que era viernes, y que Adrián llevaba pasta encima.

—Me importa un huevo ese trabajo de mierda. Que se lo metan por el culo. Mi mujer y mi hija son las que tendrían que trabajar, que son unas vagas de cojones. No sé para qué las mantengo.

Esa noche también se pasó por el polígono en busca de alguna puta, pero llevaba demasiado alcohol encima como para que se le empinara. A la segunda, una rumana que no hablaba una palabra de español, le dio una bofetada, para ver si así se arrancaba a hablar, y en seguida apareció su chulo con una navaja en la mano. Tuvo que pagarle el servicio que no había hecho, y un extra por la hostia.

Volvió a casa mucho más cabreado y más borracho que de costumbre. Abrió la puerta tambaleándose. Su mujer estaba viendo la tele, como siempre. Y su hija en el cuarto, oyendo música. Dos putas zánganas.

Sin abrir la boca le dio un bofetón a la mujer, que rodó hasta el suelo. Ella se levantó como una gata en celo y se encerró en el baño.

—¡Sal, puta! —gritó dando un puñetazo en la puerta.

La puerta de la habitación de la hija se abrió a su espalda, y se asomó Soraya con un camisón corto.

—¡Déjanos en paz, cabrón! —oyó que le gritaba su hija. Su propia hija.

Se volvió hacia ella, pero la chica volvió a meterse en la habitación y cerró la puerta, tratando de cerrarle el paso.

Una patada reventó la puerta hasta los goznes. La puta de su hija le levantaba la voz, y se vestía de fulana para que los chicos la sobasen a conciencia. Él iba a enseñarle lo que era el sexo con un hombre de verdad, para que aprendiera a respetarse a sí misma a partir de entonces.
Esa vez sí pudo penetrarla.

En casa siempre es mucho mejor que con las putas del polígono. Y más barato.

Fotos capturadas con Google. Si alguna es tuya, dímelo y te cito, o la borro.

lunes 17 de agosto de 2009

No vale la pena preguntar

Le compró la casa a un subastero, y le costó la mitad de lo que había tasado el banco.
La mitad.
Al principio sintió desconfianza. No es normal que alguien venda por la mitad una casa con mil quinientos metros de terreno, aunque fuera verdad que las ventas estaban detenidas desde que había comenzado la crisis.
—Ya sé que la casa vale más, no se crea que soy tonto —le dijo el subastero—, pero a mí también me costó mucho menos, no voy a perder dinero. Estoy en el negocio desde hace demasiados años, y sé que para ganar hay que comprar y vender rápido, nada de acumular casas año tras año.
—Ya, pero es tan barata —insistió.
—Mire, si le hace ilusión yo le subo el precio, qué quiere que le diga. Además, si he de serle sincero, quiero venderla pronto por mi mujer.
—¿Su mujer?
—Sí. Bueno, será mi mujer el mes que viene. Es brasileña, y como no me dé prisa en regresar a Manaos, igual me la quita un negro. No me fío. Quiero volver cuanto antes. Es una garota por la que cualquiera estaría dispuesto a cruzar el océano en una barca con remos.
Le sorprendió que aquel subastero embrutecido hiciera gala de ese ardor amoroso. Quizá fuera solo sexo, y estaba encoñado. Con las brasileñas todo es posible. Daba igual, el caso es que la casa y el terreno estaban en el lugar adecuado y al precio que por primera vez podía permitirse.
Aún así se asesoró en una agencia inmobiliaria. Y en el Registro de la Propiedad Inmobiliaria. Le dijeron que todo era legal. El notario comprobó que los papeles eran correctos, y estampó la firma en el documento de compra-venta. Él entregó un cheque nominal por ciento veinte mil euros, y a cambio recibió las llaves del portón de la verja de entrada y de la casa.
Su nueva casa.
Estaba hecha una pocilga, pero no hizo falta contratar ni a un albañil ni a un fontanero. Solo limpieza. Se trasladó allí en dos semanas. Su casa, con terreno suficiente para cultivar tomates, lechugas, papas, cebollas, coles, pimientos, calabazas, unos cuantos árboles frutales y una rosaleda. El sueño de toda su vida.
El primer año fue duro: remover la tierra, prepararla, abonarla, sembrar, montar el sistema de riego, aguantar las agujetas en los riñones, y comer mendrugos de tierra cada día. Al segundo año, los primeros frutos, pero escasos. El tercer año mejor. El cuarto año espléndido. A partir del quinto año le sobró más de la mitad de la producción, contrató a un jubilado del pueblo para que se ocupara de la huerta, y él empezó a dedicarse a los rosales. El sexto año fue el mejor.
Pero el séptimo apareció aquel tipo en mitad de la noche. No lo vio llegar, pero acostumbrado al silencio le extrañó escuchar esos golpes repetidos tan cerca de la ventana de su dormitorio. Al levantarse a oscuras y asomar su cabeza por la ventana abierta, supo que no estaba tan cerca como parecía, pero estaba dentro del terreno de la casa, de eso no había duda. Además de los golpes de una pala escarbando la tierra, también estaba la luz: una linterna de carburo que alumbraba de modo fantasmal a un hombre cavando una fosa en el huerto de tomates, cerca del lindero norte.
No era supersticioso, pero por un momento se le pasó por la cabeza la imagen de la muerte preparando su tumba.
Pero no era la muerte. Solo era un hombre cavando en el huerto. Debería llamar a la policía. Un hombre estaba en su jardín escarbando entre las plantas en mitad de la noche. Eso le contaría a la policía, que allí había un tipo desconocido.
Aunque aquel no podía ser un ladrón de tomates, esa era una idea absurda.
Quien quiera que fuese, había llegado hasta allí con una idea muy clara y una determinación fija. Buscaba algo que sabía que estaba allí. No era el azar, no era un fantasma.
Su casa era su casa desde hacía siete años, pero ¿y antes de que fuese suya?
Él se la compró al subastero, y el subastero a la Hacienda pública. Un embargo. La expropiación de bienes a un delincuente. Alguien que había cometido un delito y que ahora regresaba para terminar el trabajo.
A lo mejor lo de llamar a la policía no era buena idea. Tal vez hubiera otras alternativas.
Un antiguo delito, y regreso al lugar de origen. ¿Un asesinato? ¿Y para qué iba el asesino a regresar para desenterrar al muerto? No era un asesinato, no había cadáveres en el jardín.
Un robo, y el ladrón regresaba para recuperar el botín. ¿Siete años después? Claro, después de sufrir la condena. Acababa de salir en libertad.
Esa era la respuesta. No podía ser otra.
Y entonces, ¿qué?
Si llamaba a la policía, detendrían al ladrón, pero también investigarían y el botín acabaría en manos de su dueño anterior, la víctima del robo. Adiós a la pasta, como si lo viera.
Podría hacer ruido y espantarle, pero aquel hombre no se iba a asustar por tan poca cosa. El agujero era ya lo bastante grande como para llamar la atención al dueño del huerto por la mañana, así que aquel hombre no iba a querer regresar otro día a terminar el trabajo. No podría engañarle tan fácilmente.
Podría tratar de llegar a un acuerdo con él. Fifty-fifty. Tal vez. Aunque alguien que ha esperado siete años y ha sufrido siete años de encierro quizá no fuera la persona más dispuesta a dialogar.
Por último, podría sorprenderle, atizarle en la cabeza, y meterle en el hoyo que ya estaba preparado, casi a la medida.
Uf, vaya trago.
También podía no hacer nada. Volver a la cama y hacerse a la idea de que no había visto nada, que sólo había tenido una pesadilla en mitad de la noche. Eso era lo menos arriesgado. Lo más prudente.
Pero estaba harto.
¿Harto de qué?
Harto de no haber sabido nunca agarrar a la vida por los huevos. Harto de que hasta el subastero que le vendió la casa se arriesgara comprando y vendiendo la casa de un delincuente para trasladarse a vivir a Brasil con una garota de infarto. Harto de que la mayor emoción en su vida, a esas alturas, fuera la de ver si prendía el esqueje del rosal que había plantado cerca del naranjo. Harto de no tener mujer, de no tener hijos, de no tener amigos. Harto de no ser nadie, y de no tener apenas nombre, porque nadie lo llamaba nunca.
¿Le debía algo a ese hombre que escarbaba cerca de sus tomateras tratando de recuperar un botín?
No.
¿Debería comportarse bien o mal por algún motivo? ¿Acaso creía en el cielo y en el infierno? ¿Iba a cambiar algo la historia de la humanidad dependiendo de sus actos?
Tampoco.
La duda es una consejera terrible. Un escalofrío le recorrió la espalda. Al final optó por dejar que fuera el azar el que tomara la decisión: “Si sale cara bajo al huerto y lo mato, si sale cruz me echo a dormir y lo dejo en paz.”
Deseó con todas sus fuerzas que saliera cruz.
Pero salió cara.
Han pasado tres años, y ya empieza a olvidar los detalles de aquella noche en la que bajó a oscuras y de puntillas a la planta baja, salió por la puerta trasera, se armó con un azadón pequeño, caminó descalzo y en pijama sin notar las piedras que se le clavaban en los pies, hasta llegar a la espalda de aquel hombre que cavaba en su huerto en mitad de la noche.
Le hundió el azadón en la espalda, a la altura de los hombros, como si quisiera partirlo en dos. El golpe fue tan fulminante que el hombre ni siquiera hizo el menor ruido al caer sobre la tierra. Nunca llegó a verle la cara. Ni siquiera pudo desenterrar el azadón hundido en la espalda de aquel hombre.
Tardó una semana en localizar el botín a menos de diez metros de la tumba del forastero. No se había equivocado. Una bolsa con cinco millones de euros en billetes usados. Nunca supo de dónde procedían, pero con ellos pudo comprar un barco, un nombre, una finca en Paraguay, y una esposa fiel que le dio dos hijos durante los tres primeros años.
¿Cómo se llamaba aquel hombre?
Qué más da. Hay veces que no vale la pena preguntar.

jueves 13 de agosto de 2009

Amor en Gitmo

Se supone que mi jefe tenía que haberme propuesto el cambio poco a poco, tanteando cuáles eran mis intenciones y mis posibilidades, pero la verdad es que me lo dijo a bocajarro, el viernes al mediodía:

—Ricardo, tenemos que hablar. Ya sabes que estamos pasando una crisis, y de ella no se libra ni este McDonald’s. Tú llevas trabajando con nosotros desde hace un año, y estamos muy contentos con tu trabajo, pero eres el último que ha entrado a trabajar en este local.

No hay que ser muy espabilado para saber cuando están a punto de despedirte. Solo con el tono de voz ya se le notaba. Menudo hijo de puta.

—Estarás pensando que te vamos a despedir…

El cabrón insistía en hablar en plural, nosotros, los jefes, como si en él se concentraran todos los responsables de McDonald’s.

—…pero me caes bien, sé que eres un buen trabajador, y te he buscado una salida.

¿Una salida? Agáchate que te voy a meter una salchicha extra King.

—En la entrevista de trabajo dijiste que aceptarías la movilidad geográfica. Si quieres seguir con nosotros, en la cadena McDonald’s, tendrás que trasladarte durante un par de años a otra delegación. Aquí sobran puestos de trabajo, nos exigen reducir plantilla, tú ya lo sabes, pero en el extranjero necesitan personal.

—¿En el extranjero? —pregunté sorprendido—. ¿Qué quiere decir el extranjero? ¿Fuera de Florida? ¿En California? ¿En México?

—Necesitan alguien que hable español e inglés. Un hispano despierto, como tú.

—Yo no quiero irme al extranjero —resoplé—. Bastante le costó a mis viejos traerme aquí como para que ahora regrese yo a México o a Guatemala. No me gusta la idea.

—Espera, que no te he dicho lo mejor. Por estar destinado afuera, irás en categoría de entrenador. Y a los dos años podrás regresar y es casi seguro que lo hagas como primer asistente.

Dudé, pero no tenía muchas opciones. Era como una apuesta de todo o nada: al paro o ascenso. Cerré los ojos y accedí, qué remedio.

—Vale. Lo acepto. ¿Dónde es?

—Empezarás dentro de 15 días, lo mínimo para que te preparen los papeles, visados y contrato.

—Que sí, que vale, pero que dónde es.

—Ah, sí. En el Caribe. En Gitmo.

El Caribe. Los ojos se me abrieron como platos. El sueño de mi vida. Cojonudo, pero raro. ¿No había gato encerrado?

—¿Gitmo? ¿Dónde está eso? —pregunté.

El jefe suspiró. Al fin había llegado al punto crucial.

—En Guantánamo, Cuba.

—¿En la base militar de Guantánamo?

—Esa misma. Es un sitio cojonudo. Tiene escuelas, cines, supermercados, un campo de golf, playas y mucho sol. Un paraíso, y el lugar más protegido de la tierra.

La madre que lo parió. Guantánamo. El campo Delta con seiscientos prisioneros de Iraq y Afganistán dentro, y diez millones de cubanos cabreados al otro lado de la alambrada.

—¿No hay otro puesto para mí?

—O eso o a la puta calle, así me lo han dicho, con estas palabras. Pero creo que es una oportunidad. Yo que tú no la desperdiciaría.

Agaché la cabeza. Vaya trabajo de mierda.

Tres semanas después un avión militar me dejó en la bahía de Guantánamo. El vuelo apenas duró una hora, y salimos de un aeropuerto militar que yo desconocía. La temperatura y el aire al llegar no me sorprendieron, era casi la misma que la de Miami. Al llegar me registraron de arriba abajo. Solo les faltaba meterme el dedo por el culo, así que cuando vi que un policía militar se ponía unos guantes de lycra, como de cirujano, me eché a temblar. Era un negro gigantesco, y sus dedos eran tan grandes como mi polla.

—Oiga, perdone, yo creo que no es necesario… —le dije intentando tranquilizarle.

Afortunadamente hablaba español. Tenía un marcado acento cubano.

—No se apure, compadre. Tenemos que registrar su maleta a conciencia.

—Adelante. Es toda suya —le dije colocando mi maleta entre los dos. Por mí como si la estrujaba hasta reventarla.

Me alojaron en un barracón con todas las comodidades. Mucho mejor que mi casa de Florida. El local de McDonald’s era idéntico en todo al resto de franquicias de Estados Unidos. Lo único que cambiaba ligeramente era la cantidad de militares que iban cada mediodía y cada puesta de sol a zamparse las mismas Big Mac, Mcnuggets de pollo y ensaladas. Las primeras semanas miraba con desconfianza a los clientes, pensando que llegaban de un interrogatorio y que quizá llevaran las manos manchadas de sangre. Después de ver las fotos de Abu Ghraib uno nunca sabe en qué agujero meten las manos los marines. De ellas tampoco me podía fiar mucho.

Los fines de semana tenía de compañera una chica de 16 años recién cumplidos. Me sorprendió que fuera tan joven y ya estuviera trabajando en una base militar. Pronto supe que su padre era un teniente de la base, y que ella trabajaba algunas tardes para tener su propio dinero y su independencia. Se llamaba Sandy. Me caía bien, y yo a ella también. Nos hicimos muy amigos. Un día me la encontré llorando en la cocina. Su novio, Alan, un cadete hijo de militares como ella, se había enrollado con Arthur, un sargento pelirrojo, y ella los había sorprendido en el autocine con los pantalones bajados en el asiento trasero del coche de Alan. Vaya putada. Estaba tan cabreada que acabamos besándonos como venganza. Tenía unos labios carnosos, con sabor a fresa, y no pude dejar de morderlos hasta que el olor de tres hamburguesas requemándose en la parrilla nos hizo regresar al trabajo. Lo demás vino rodado.

Si su padre nos descubría, seguro que a mí me cortaba las pelotas y las reutilizaba después en las mesas de ping-pong. Yo no era más que un puto hispano. Empezamos a pensar en escaparnos, pero huir de la base de Guantánamo es difícil de cojones. Por agua era imposible, porque estaba la marina entera haciendo de tapón, y después los tiburones. Hasta meter el pie en el agua de la playa nos daba miedo. Y por tierra… no había más que minas y alambradas.

La solución llegó de la mano de los propios cubanos. En la Jerk House, un restaurante jamaicano en el que nos citábamos fuera del trabajo, acudían con frecuencia las dos únicas personas que estaban autorizadas a cruzar el North East Gate y regresar por tierra a territorio cubano: Horacio y Germán. Eran dos ancianos que trabajaban en la base desde la infancia, al igual que sus padres, mucho antes de que Fidel Castro llegara al poder. Antes incluso de Batista. Ellos habían visto casi cómo se construía la base, la llegada de los gusanos que antes de entrar definitivamente en Estados Unidos eran retenidos unos meses en Guantánamo, y los últimos prisioneros iraquíes y afganos capturados dentro de sus propias casas. Horacio y Germán nunca se habían metido en política, pero lo de Bush y los campos rayos X les pareció excesivo. Estaban muy desilusionados. Compartimos muchas tardes de amistad y desesperanza. Según Horacio, Sandy era idéntica a su nieta muerta. Cosas de viejos. Decidieron ayudarnos. El amor mueve montañas.

Y lo hicieron. Un día de gran aguacero nos escondieron bajo un cargamento de hojas de bananas que sacaron de la base para cocinar tamales. Desde entonces vivimos en Cienfuegos. Ya tenemos tres bebotes amorosos: Ricardo junior, Horacio y María Sandina.

Fotos anónimas capturadas con Google. Si alguna es tuya, dímelo y pongo tu nombre o la borro.

lunes 10 de agosto de 2009

La dificultad de reencarnarse

El final de mis días estaba cerca. No es que tuviera cáncer, ni estaba amenazado de muerte. Qué va. Simplemente tenía 79 años, a punto de cumplir 80, y esa era una razón más que suficiente para pensar que el final estaba cerca. Hasta ese momento había vivido una vida larga y hermosa, tanto que hubiera dado cualquier cosa por repetirla, así tal cual la había vivido, mes a mes, segundo a segundo. Por eso me hice budista: podría reencarnarme y vivir de nuevo. Volver a vivir, sí, pero ¿cómo?, ¿bajo qué aspecto? Yo no quería vivir otra vida. Quería vivir la misma. Repetir, sin más.

Mi vida, desgraciadamente, no solo había sido feliz, sino que además había sido fructífera, generosa y pacífica. Hice el bien siempre que pude, y me lo devolvieron con creces en forma de felicidad continua. Si me moría así, tal y como andaban las cosas, me iba a reencarnar en un espíritu angelical, en un ser superior, o en una vaca sagrada. Y no era eso lo que yo quería. Ni mucho menos. Quería más de lo mismo, ya lo he dicho, repetir la misma vida. Para compensar tanta bondad repartida a lo largo de 79 años, tenía que hacer alguna faena gorda que me obligara a repetir mi vida, por bestia, como condena, para que aprendiera de los errores cometidos. Eso me dijo el monje calvo de la sotana color azafrán.

Desandar el camino, como un cangrejo.

Lo primero fue quemar un bosque de pinos. Eso fue fácil. Esperé al mes de agosto, dejé un buen reguero de gasolina sobre la yesca teniendo en cuenta la dirección del viento y la dificultad de acceso para los bomberos forestales, y me fumé uno de esos cigarros que me había prohibido el médico. La naturaleza no me lo perdonaría nunca. La Tierra lanzó un grito de terror al notar cómo la piel se calcinaba y quedaba estéril para los siguientes cincuenta años. Junto con las dos hectáreas de pinos murieron miles de pajaritos, mariposas, abejas, ratones, ardillas, conejos, gusanitos, ranas, alacranes, hormigas, escarabajos, tres zorros, cuatro nutrias y dos familias al paro, la del concejal de Medio Ambiente y un guardia del Seprona.

Lo siguiente fue quemar la biblioteca. Eso me llevó más tiempo. Uno no puede entrar en una biblioteca con un bidón de gasolina, rociar las estanterías y encender un mechero sobre un libro de Antonio Gala sin que la bibliotecaria te abra la cabeza con la grapadora y llame a los de seguridad. No lo he intentado, pero estoy seguro de que es así. La gente es muy suspicaz, y si te ven empapar libros con gasolina, fijo que se mosquean. Así que tuve que fabricar unos temporizadores a pilas con aspersores de medio litro de gasolina que oculté en lo alto de las estanterías. La idea me la dio el sistema de riego automático de mi jardín. No necesitaba que fuera demasiado complejo, así que rechacé la idea de utilizar electroválvulas y solenoides. Eso hubiese sido necesario tal vez si mi objetivo hubiese sido calcinar las cuatro plantas del Centro Cultural, pero yo solo quería incendiar la biblioteca. Con que ardieran cinco mil libros me daba por contento, así que tres simples programadores a pilas de Rain Bird fueron suficientes, además de los correspondientes temporizadores y detonadores para la ignición. Me llevó un mes el montaje. Es posible que haya sistemas más sencillos, no me cabe duda, pero tampoco podía acercarme al cuartel de bomberos y sonsacarles información. Seguro que esas cosas se las huelen. No quise arriesgarme, así que hice lo que tenía que hacer como bien se me ocurrió. Además, el resultado es lo que importa, ¿no? Pues la biblioteca, como resultado, quedó calcinada. Se quemó hasta la sección infantil, y eso que estaba en otro espacio, dentro de una burbuja de cristal. Tal vez fue por solidaridad. No sé. En total fueron dieciocho mil libros. Mucho más de lo que yo esperaba. Casi cuatro veces más. Un éxito, está mal que yo lo diga, pero fue una auténtica obra de ingeniería civil. Ya sé que no se puede comparar con el incendio de la biblioteca de Alejandría, ni con la de El nombre de la rosa (además, esa última fue de mentira), pero no puedo más que sentirme orgulloso.

A veces tengo dudas. ¿Quién no las tiene? Hay días que la conciencia me reconcome, y pienso que he hecho mal, que ese pinar tan hermoso ya no va a existir jamás, y que hay miles de libros ya nunca podrán ser leídos por culpa de mi impulso destructor. Trabajar con el fuego no es algo que me atraiga especialmente. Para mí el fuego solo es un instrumento, elegante y definitivo. Además tiene algo de limpieza, de purificación, de éxtasis. ¿Quién no se ha quedado mirando las llamas de una chimenea, o absorto ante uno de esos fuegos de campamento de la niñez? El fuego es destructor, pero al mismo tiempo tiene toda la energía de la creación, de la combustión, del big bang. El fuego, qué invento. La humanidad empezó a ser la especie dominante con el fuego, no con la rueda. El fuego espanta a las bestias, moldea metales, hace moverse a los motores, revienta montañas para que extraigamos de su interior carbón o petróleo.

Siempre se ha dicho que para cumplir el destino en la vida, hay que realizar tres tareas ineludibles: plantar un árbol, escribir un libro, y tener un hijo. Yo tenía que deshacer el camino para repetir la vida plena de bendiciones que me había tocado vivir. Marcha atrás.

Había conseguido, con gran pesar, quemar no un árbol, sino dos hectáreas de pino repletas de vida. Primer objetivo cumplido.

La segunda tarea fue la de quemar un libro. No vale con un solo libro, porque el refrán se refiere a escribir un libro que perdure, un libro que se edite, que lo lean otros. Y la edición mínima suele ser de mil ejemplares. Dieciocho mil libros quemados en la biblioteca era casi un best-seller. Segundo objetivo cumplido.

La tercera era acabar con el hijo. La reproducción tiene que detenerse. Esa era la más jodida. Matar al hijo, matar al futuro, matar la descendencia… Qué difícil. Pero a fin de cuentas, si volvía a vivir la misma vida, volvería a tener la misma descendencia. Me dio pena, por una vez, no haberme conformado con un hijo, y haber tenido diez. Son diez hijos estupendos. Vaya faena. Tendría que acabar con todos ellos. Y con los hijos de mis hijos, mis nietos, que ya alcanzaban los veinticinco. Y tres bisnietos. Vaya gentío. Sumaban un total de treinta y ocho, y conmigo treinta y nueve. Menos mal que mañana es mi cumpleaños. Ochenta años. Vendrán todos, lo han prometido. Les he dicho que a los postres les aguarda una sorpresa gigantesca. La que se va a montar. El camino a la reencarnación exige sacrificios inimaginables.

Imágenes anónimas capturadas con Google. Si alguna es tuya, dímelo y te cito o la borro.

viernes 7 de agosto de 2009

La máquina Underwood

En el verano de mis diecisiete años me compré una máquina de escribir de la marca Iberia en un mercadillo que Los traperos de Emaús habían organizado en Algorta. Era de carro ancho, para poder escribir tablas numéricas con el folio colocado en horizontal, en lugar de colocarlo del modo habitual, de pie, más alto que ancho. También se serviría para escribir en formatos DIN A-3, que entonces no existían, así que me iba a dar igual.

Me costó cien pesetas. Más que usada, estaba reventada y oxidada. Debió de escribir mil partes de guerra en cuarteles de montaña, dictar veinte sentencias de muerte, cincuenta desahucios, trece mil albaranes de almonedas, y veinte testamentos. Y todo ello antes de que llegaran las máquinas Hermes, porque el teclado ni siquiera era del tipo QWERTY, sino uno inventado por algún ingeniero portugués de asombrosa perspicacia, distinto del universal, ibérico al cien por cien. Un teclado HCESAR, instaurado en un decreto por Oliveira Salazar y luego vendido a Franco para fastidiar a los extranjeros. Como el ancho de vía de los trenes de la Renfe. Que se jodan en Europa: que cambien ellos el ancho de vía, que cambien ellos los teclados. Ni en España ni en Portugal se pone el sol, y si no que se lo pregunten a los emigrantes en los centros gallegos de todo el mundo, nuestros auténticos embajadores.

No pude usar la máquina Iberia, no me podía hacer con el teclado, y Los traperos de Emaús no me devolvieron las cien pesetas. Cago en Dios. Pero a cambio me vendieron otra, una Underwood de teclado QWERTY y carro estrecho por cincuenta pesetas. No pude decir que no.

Tampoco funcionaba: al igual que la Iberia, la Underwood estaba atascada y oxidada. Con un tarro de mayonesa vacía, bajé a la gasolinera y compré 250 cc de gasolina, la capacidad del tarro. La manguera me salpicó por todas partes, y estuve con pestazo a gasolina en los pantalones durante todo el verano. Luego, en casa, le quité el cepillo de dientes a Jaime, que no lo usaba nunca, y empecé a limpiar la Underwood en la pila de la cocina. Salud me echó de casa en cuanto se olió el asunto (o sea, casi en seguida, con esa peste), y tuve que trasladar mi taller de limpieza y reparación a las escalinatas de la iglesia de San Ignacio. Allí nadie me molestó. Estuve casi tres horas petroleando la máquina, y cuando terminé de limpiarla y levanté la vista, no solo tenía una máquina que funcionaba a la perfección, sino que además los parroquianos me habían dejado trece pesetas junto al tarro de mayonesa. Por unos momentos creí que Dios existía, pero se me pasó rápido.

Subí a casa. Después de secar la máquina, le eché aceite tres en uno por los extremos del rodillo, el tabulador, el timbre y los engranajes de las teclas. La palanca para espaciar y cambiar de línea parecía un garfio que había que atenazar con el índice y el pulgar de la izquierda. Cuando pulsaba la palanca de carro libre, un muelle lanzaba el rodillo hasta el extremo derecho y hacía sonar el timbre con un martillazo. La mesa sufría una sacudida, pero la Underwood se quedaba quieta sobre sus cuatro patas metálicas calzadas con zapatones redondos de goma negra.

Escribí con esa máquina hasta finalizar Filología, con algunos trabajos de entre cincuenta y cien folios que aún recuerdo: “Blas de Otero: la matemática del soneto”, “Don Quijote en Walt Whitman y León Felipe”, “La función de los intelectuales durante la Segunda República”, “Apuntes para una crestomatía del árabe literal”, “La poética del espacio en los narradores de la postguerra”, “Los orígenes de los deícticos en el castellano”. Batallas de la época. A fin de cuentas yo me negué a hacer la mili, así que no puedo hablar de otros cuarteles: mientras otros pelaban patatas y jugaban a pegar tiros en Ceuta, yo destripaba endecasílabos y hexámetros dactílicos. Cada cual tiene su batalla y su memoria, y sé que la mía no es más heroica que la de los demás.

Me llevé la Underwood de Bilbao al Chaminade, pero antes escribí con ella todos los poemas de “7x7 antología”, que se publicó en CLA (Comunicación Literaria de Autores), junto a Eduardo Rodrigálvarez, Ramón J. Blázquez, José Luis Morales, Toty de Naverán, Karmele Larrabe y Rafael Martínezl. Dos años después la trasladé a la calle Teruel, en Alvarado, cerca de Cuatro caminos. Franco agonizaba en la dictablanda mientras la platajunta salía a manifestarse cada tarde en la Gran Vía. Mira que nos dieron hostias los grises. De allí a Hospitalet. Después, Aluche, Villaverde, República Dominicana, Malasaña y la movida madrileña.

Ya no la tengo. La perdí en un divorcio, cuando vuelan los periódicos, los libros, los platos, los zapatos, los preservativos, los negativos de las fotos sacadas en vacaciones y las máquinas de escribir.

¿A que no sabes lo que he hecho con tus cosas? El camión de la basura pasa a las nueve y cuarto, tú sabrás si te da tiempo a recogerlas.

No me dio tiempo.

No sé, a lo mejor debería buscarla otra vez en algún almacén de Los traperos de Emaús. Es casi seguro que esté allí. La cabra tira al monte. La reconocería al tacto. Solo tendría que cerrar los ojos y empezar a golpear esas teclas redondas, enmarcadas en un anillo de metal plateado, para saber que esa es mi máquina Underwood, la de toda la vida, la que me enseñó a escribir. Joder, claro que la reconocería. Y ella a mí también: tiene mis huellas dactilares grabadas en cada una de sus teclas. Estoy seguro que empezaría a tocar la campanilla desde lejos, como el perro que mueve el rabo y llama al amo. Estoy aquí, tengo diez novelas atascadas en el rodillo, por favor, libérame, tira el traidor Vaio por la ventana y quédate conmigo. Solo necesito una cinta bicolor, negra por arriba y roja por abajo. Ni te imaginas lo que soy capaz de escribir.

Si alguien la tiene, por favor, que me la devuelva. Seguro que levanta sospechas, porque escribe unos endecasílabos que te cagas.

miércoles 5 de agosto de 2009

Oficio de masoquistas (4)

Un escritor escribe mil palabras al día. ¿Todos los escritores hacen eso? No, claro que no. La mayoría escribe mucho menos. Algunos días más, y otros días menos. Yo estoy convencido que los escritores que escriben mil palabras al día, sin descanso, 365.000 palabras al año, es muy raro que sean escritores que no publiquen con frecuencia. Escribir esa cantidad significa una pasión difícil de entender si no es porque está recompensada por una íntima satisfacción personal, que suele ir acompañada por una calidad que aumenta mes a mes, y que tarde o temprano está unida a la publicación. No es necesario que publique todo lo que escribe, porque una novela tiene alrededor de 50.000 a 100.000 palabras, y con ese ritmo de trabajo el escritor podría producir una media de una novela de 180 páginas cada dos meses. Seis novelas al año. En dos años habría escrito las 2.200 páginas de una trilogía inmensa como Millenium. Uf. Vaya esfuerzo. Y conste que hay escritores que lo han hecho, o que lo hacen actualmente. Por ejemplo, Simenon tenía exactamente ese ritmo de trabajo: escribía seis novelas al año. Jordi Sierra y Fabra ha escrito entre los 26 años y los 56 años, treinta años de producción, algo más de trescientos libros, en su mayor parte novelas. Treinta años, trescientos libros. Un año, diez libros: nueve novelas y un ensayo o biografía cada año. Con dos cojones. ¿Cómo hizo Lope de Vega para escribir 1500 obras de teatro? Si escribió durante sesenta años sin descanso, tuvo que escribir dos obras al mes, y si un mes no escribía, al mes siguiente escribía cuatro. Y con rima.

Pienso que no hace falta tanto. Tal vez se pueda escribir menos, aunque insisto, digan lo que digan, el que escriba esa cantidad puede que sea un escritor enfermo de logorrea, pero sin duda es un escritor.

Hay un invento llamado estadística, mentiroso como pocos, que dice que si un escritor escribe 500 palabras los sábados y otras 500 los domingos, pero no escribe nada entre semana porque el trabajo, los niños y la suegra, y el mes de agosto tampoco porque estamos de vacaciones, entonces escribe 48.000 palabras al año, que son 131 al día. Mentira cochina, porque nos había dicho que de lunes a viernes no escribe nada porque la casa, la parienta y la gimnasia. Mil al día son 365.000 al año, cosa muy distinta de 48.000. Más de siete veces y media menos. O sea, que en un escritor que escribe todos los días mil palabras, caben siete escritores y medio de los de fines de semana pero con vacaciones. Lo más fácil será encontrar al medio, aunque parezca lo contrario, porque medio escritores hay un puñado gordo. ¿Todo esto es verdad? Ni de coña.

Lo más fácil es ser un escritor que escribe poco, o nada. Es mucho más cómodo, qué duda cabe. Más descansado. Un escritor de fines de semana perezosos. No es necesario abandonar el otro trabajo, ni divorciarse. Un escritor de 500 palabras los sábados y 500 los domingos. Tres páginas cada fin de semana. Y en agosto, vacaciones. Tampoco es para sudar sangre. Un par de horas el sábado, y otras dos horas en domingo. Página y media cada día de trabajo. No es para desriñonarse, digo yo. Y aún así, el escritor de fines de semana lánguidos (en agosto no, por favor), cada año podría tener 48.000 palabras. Eso es un libro de 144 páginas. De los normales, quizá tirando a corto, pero habitual en las librerías. Un libro al año. O uno gordo cada dos años. ¿Es esa la producción de los escritores distraídos, de los de cuatro horas a la semana como mucho dedicadas a la escritura? Ni de coña. La producción es mucho menor. La media es de un libro cada cinco años, así que no le dedican ni el 10 por ciento del tiempo laboral del resto de los trabajos (las famosas 40 horas semanales que echan los curritos), sino menos, mucho menos. Ni cuatro horas a la semana. Entre una y dos horas en total cada semana. Menos tiempo que a fregar platos. Menos que a hacerse pajas. Menos que a hacer la compra. Menos que la suma de los desayunos de la semana. Menos tiempo que a leer los blogs de los amigos. Joder, ¿eso es ser escritor? Vale, pues entonces yo soy jugador de baloncesto y vigilante de puestas de sol.

Un escritor debería escribir mil palabras al día. Si un día escribe menos, al día siguiente escribe más. Si en una semana no llega ni a mil, es que está de baja. Si en un año no llega a diez mil, entonces está incapacitado. Ha dejado de ser escritor. Tal vez, años después, vuelva a escribir creyendo que es el mismo, pero es mentira, ya no será el mismo.

El carné de identidad miente más que la estadística, porque asegura que un chaval de quince años llamado Enrique Páez es el mismo que asegura llamarse también Enrique Páez quince años más tarde, con treinta, y todo porque coincide el número de carné de identidad. Pura casualidad. Espejismos absurdos. Son dos personas distintas. Si lo sabré yo. No se parecen en casi nada. Yo no me reconozco en el Enrique de los 15 años, ni en el de los 30. Y me cuesta reconocerme en el de los 45. Si fuera a la inversa, el de 15 me haría pedorretas, el de 30 cortes de mangas, y el de 45… no sé, a lo mejor el de 45 diría: “¡De puta madre! ¿Dónde hay que firmar?”

Escribir no es tan difícil. No nos engañemos: lo jodido es picar carbón en una mina durante treinta años, conducir un autobús urbano ocho horas al día, cuarenta horas a la semana, limpiar las letrinas de las oficinas todos los días por 300 euros al mes, poner cervezas y cafés en un bar, recoger la basura con un camión articulado desde el atardecer hasta el amanecer, cultivas patatas en Bolivia, hacer de puta en la casa de Campo. Hay trabajos jodidos. Escribir es un trabajo, y no es de los jodidos. Pero el escritor tiene que escribir, digo yo. No vale decirlo y no hacerlo. Mil palabras no es tanto. Hay que plantarse a escribir cada día, todos los días, como el resto de los curritos. Mil al día. Aquí van 1.080. Yo hoy ya he cumplido. Mañana más.

Imagen anónima capturada con Google. Si es tuya, avísame y te cito o la borro.

viernes 31 de julio de 2009

ETA, vete a hacer puñetas

Los macarras de ETA salen de vacaciones con tienda de campaña y una bomba en la mochila. Jo, qué juerga. Cuando regresen a Hernani hincharán el pecho delante de sus colegas:

“Hemos puesto un petardo en un cuartelillo de Mallorca y le hemos volado la cabeza a dos picoletos, qué risa. Les hemos jodido en verano. El mejor policía, el policía muerto. Luego nos fuimos a tomar el sol y a ver si ligábamos con alguna guiri, pero con la emoción del pepinazo no se nos empinaba. Cago en dios, eso es cosa del gobierno. Luego nos quedamos dormidos en la piscina del camping, y a Andoni se quemó toda la espalda. Mira que le avisé, joder, Andoni, ponte un poco de crema, que te vas a quemar. Pero ya sabéis cómo es, que no hace ni puto caso. Por cierto, os hemos traído una ensaimada con cabello de ángel, ya sabemos que es una horterada, pero es que están que te cagas. Para el futuro tenemos que ir pensando en poner una fábrica en Erandio. Lo tengo todo pensado. Ponme otro zurito, chaval, que estamos celebrando.”

Que nadie se piense que estos niñatos podridos son herederos de los guerrilleros antifranquistas. Ni de coña. Eso sería tanto como decir que las mafias rusas que se dedican a la trata de blancas son las herederas de Trotsky, Lenin y el ejército bolchevique. Y un huevo. Los nuevos etarras son macarras envenenados, gallitos de taberna, analfabetos voluntarios. No se distinguen apenas de las maras salvadoreñas, excepto en que los mareros no piden subvenciones al gobierno ni acuden gratis al médico de la Seguridad Social. En el resto se parecen: también entre los pandilleros de ETA ahora hay que hacerse valer, echarle huevos, demostrar que el fin justifica los medios. Andoni echa un trago y trata de explicarse un poco mejor:

“Esto es una guerra, joder, así que si dejamos niños muertos, pues mala suerte. La culpa no es nuestra, sino de sus padres, por ser guardias civiles. Esos cabrones tienen que saber que los mataremos como a cucarachas allá donde estén. Y no solo a todos los policías, militares, picoletos, y ertzainas, sino también a sus mujeres y a sus hijos, para que no se reproduzcan. También iremos a por los concejales vendidos, a por los que nos traicionen, a por los profesores que no piensen como nosotros, a por los periodistas, a por los empresarios que no paguen en impuesto revolucionario, y a por los clientes del Corte Inglés, por burgueses.”

“No jodas, Andoni, que mi hermana trabaja allí, a ver si te la vas a cargar a ella también.”

“Hostias, eso se avisa… Bueno, pues al Corte Inglés de Barcelona, y así aprovechamos para ir al concierto de U2, que están haciendo una gira de puta madre.”

“Como la nuestra, Andoni, con fuegos artificiales y todo.”

“Sí, como la nuestra… Bah, no es igual, que nosotros lo hacemos gratis, lo nuestro es por vocación.”

“Es verdad. Joder, Andoni, si es que eres un crack. Lo tienes clarísimo. Anda, invítame a otro zurito.”

“Chaval, pon otra ronda, que invito yo. Estamos celebrando, ¿no?”

Ilustraciones capturadas con Google. La segunda pertenece a Pepo Pérez

martes 28 de julio de 2009

Millenium: Los críticos que no amaban a los autores

Me he leído la trilogía Millenium, más de 2200 páginas entre los tres tomos, y no he tenido que hacer esfuerzos titánicos. Las he leído con placer, como otros dos millones de lectores españoles, y unos cuantos más de más allá de nuestras fronteras. ¿Por qué hay que odiar o criticar los libros que hacen disfrutar al lector? Yo debo reconocer que Millenium me ha devuelto el placer de la lectura, y que yo, como escritor, siento una doble envidia que no me importa reconocer: envidia del éxito comercial (pues sí, yo quisiera tener el éxito de Stieg Larsson, vender diez millones de libros y cabrear a dos docenas de críticos literarios por vender tantos libros sin su permiso); y envidia por una cualidad literaria que tiene Stieg Larsson y que muchos críticos desprecian: el saber conectar con los lectores, y hacerles disfrutar con una historia narrada con naturalidad, sin demasiados artificios. Eso no es tan fácil, porque si así fuera, todos los autores estaríamos escribiendo otra historia similar. El que diga que no le importa no vender diez millones de libros, porque la opinión favorable de diez millones de lectores se la trae floja comparada con la suya propia, miente más que Bush, Aznar y Berlusconi juntos y desnudos bajo la colcha. Leo los comentarios de algunos críticos, escritores algunos de ellos, que dicen que lo han leído, o le han echado un pequeño vistazo por encima, y que es pura bazofia, y me entra al risa floja. Están verdes, dijo la zorra. Es una basura, dijo el crítico.

Lo diré de otro modo: a mí no habría importado haber escrito esa trilogía. Debe ser que soy tan gilipollas que sí que me importa tener diez millones de lectores y veinte millones de euros en derechos de autor. Será que respeto más la opinión de los lectores que la de los críticos, sobre todo cuando van en proporción de un millón contra uno. Dejad de llamadme Ismael, matad a la ballena y llamadme gilipollas de una puta vez. Vaya huevazos que tienen algunos.

Yo podría hacer una relación de aspectos que no me han gustado de la trilogía. No demasiados, porque básicamente me ha gustado, así que los aciertos superan con creces a los defectos. ¿Que no son novelas perfectas? Pues afortunadamente no lo son, porque el día que alguien escriba la novela perfecta, la que lo dice todo y lo incluye todo con la perfección infinita, se cerrará el kiosco de la literatura y los escritores nos dedicaremos a hacer tapetes de macramé donde apoyar el libro. Perdón, El Libro.

Parece que los apocalípticos y los integrados siguen estando en desacuerdo en cuanto a la cultura de masas, pero cuando leo algunas críticas como la de Alejandro Gándara, no puedo más que sonreír ante esa necesidad de autoafirmarse mirando el mundo (los libros, los lectores) desde una atalaya de soberbia patética. Y mira que me hizo gracia eso de “En cuanto al libro, puede que sea entretenido si uno se excita viendo crecer un geranio o cómo se seca la pintura en una pared”. Debe ser que el El Mundo les piden a los blogueros contratados a sueldo que sean malos malotes, para generar polémica y vender mucho. Qué pena: hacer críticas así sí que es venderse, y no escribir Millenium.

He calculado que Millenium puede tener cerca de 750.000 palabras (cien mil más, cien mil menos), y como sé lo que cuesta escribir 50.000 palabras (lo he hecho varias veces, así que no hablo de oídas), yo me quito el sombrero. Sé que el solo hecho de escribir esa cantidad de trama narrada sin que se caiga de las manos (diez millones de lectores aseguran que las novelas de Larsson se mantienen en pie sin dificultad alguna) es una proeza que pocos, muy pocos autores consiguen. Ojalá hubiera más. Ojalá yo fuera uno de ellos. Puta envidia la mía, ya te digo.

domingo 19 de julio de 2009

El gato 03

(Aviso a navegantes: El texto que va a continuación pueden herir la sensibilidad de los lectores. El que avisa no es traidor.)

—Lo hemos conseguido —le dijiste—. Ahora solo nos falta volver a colocarlo todo en su sitio, empalmar las venas, dar un pequeño masaje al corazón y coser con hilo dental.

Barsén te miró con cara de espanto, como si estuviera frente a un fantasma, arqueó la espalda hacia delante y vomitó sobre la mesa, justo encima del gato. No te dio tiempo a retirarte. El vómito salió con la potencia de una tubería rota.

—¿Pero qué haces? Mira lo que has hecho —protestaste.

Pero aquel vómito incontrolado de Barsén tuvo un segundo efecto sobre ti. Te despertó de golpe de la fantasía infantil de cirujano precoz, y te devolvió al garaje donde Barsén y tú acababais de descuartizar a Serafín, que yacía abierto en canal sobre la mesa empapado en una mezcla de sangre y vómito. En una acto reflejo te llevaste las manos a la cara, y la sangre caliente mojó tus mejillas y tus labios. Entonces fuiste tú el que sintió una explosión dentro del estómago, te agarraste a los bordes de la mesa y vomitaste el desayuno y la taza de leche que habías tomado antes de empezar a operar al gato. Barsén no se movió del sitio. Estaba paralizado, y seguía sujetando inútilmente el cadáver de Serafín sobre la mesa.

Con las piernas temblando, separaste a Barsén de la mesa de un empujón. Con el cúter cortaste las cuerdas que ataban las patas del gato y desincrustaste la cola que estaba grapada a la mesa. Hiciste un ovillo juntando las cuatro puntas del mantel de plástico que había cubierto la mesa y lo metiste todo a presión dentro la mochila del colegio. Con rapidez, nervioso, como si la policía o los padres de Barsén estuvieran a punto de entrar en el garaje, guardaste también en la mochila el alcohol, los cuchillos, el cúter, el agua oxigenada, el ovillo de cuerda, el cortador de pan eléctrico, las pinzas, la cinta aislante, y hasta el tazón de leche vacío que había traído Barsén de la cocina de su casa. Al terminar, volviste a revisar si se quedaba algo, pero no viste nada que te llamara la atención.

—No nos dejamos nada, ¿verdad? —le preguntaste a Barsén sacudiéndole por los hombros.

Barsén miró a su alrededor, medio hipnotizado, mientras sacudía la cabeza negando.

—Vale. Me marcho —dijiste con prisa, a pesar de que nadie te apremiaba.

Barsén seguía atontado, barriendo el suelo con la mirada. Te fijaste en que junto a la mesa, sobre el cemento del garaje, había unas cuantas gotas de sangre oscura, pero te tranquilizaste a ti mismo pensando que bien podrían pasar por manchas de aceite. También había restos de dos vomitonas, aunque la mayor parte estaba con el mantel, dentro de tu mochila.

—Espera, te falta esto —dijo Barsén agachándose al suelo para recoger una pieza pequeña que al principio no reconociste. Era el corazón del gato.

—Es de Serafín —dijo, como una evidencia absurda.

Te quedaste dudando. No sabías qué hacer. Al final tendiste la mano y recogiste el corazón. Instintivamente te lo echaste al bolsillo del pantalón, como si fuera una canica. Luego te diste la vuelta y saliste del garaje con tu mochila sobre la espalda y un nudo en el estómago que todavía, tantos años después, aún no ha desaparecido.


Imágenes anónimas capturadas con Google

domingo 12 de julio de 2009

El gato 02

(Aviso a navegantes: El texto que va a continuación pueden herir la sensibilidad de los lectores. El que avisa no es traidor.)

Barsén clavó el cúter y lo hizo descender lentamente por la piel blanquecina del pecho de Serafín. Te sorprendió que hubiera menos sangre de la que esperabas. Antes de llegar a la mitad tuviste que sujetar al gato por los costados de la piel, y tensarla como un tambor. A medida que el cúter descendía, la piel se retiraba a los lados, como si estuviera abriendo la cremallera del chándal. El gato se movía bajo tus manos con tanta fuerza que pensaste que en algún momento se iba a clavar él solo el cúter hasta lo más profundo.

Cuando llegó al final, el gato estaba con el pecho y el vientre al descubierto, despellejado. Las costillas blancas y finas retenían un pecho diminuto de respiración agitada. Debajo del esternón y las costillas que flotaban, más allá de los pulmones, debía de estar su diminuto corazón.

—Te toca —dijo Barsén pasándote el cúter.

—Con eso es imposible cortar el hueso —dijiste rechazando el cúter y blandiendo uno de los cuchillos de sierra—. Ahora sujétalo tú.

Barsén dudó unos instantes, porque la sangre ya había empapado la parte central y los laterales del gato, pero al final inmovilizó a Serafín usando las dos manos. Tú colocaste el cuchillo sobre el esternón y empezaste a cortar como si se tratara de un trozo de madera. Estaba más duro de lo que esperabas. El cuchillo se resbalaba de vez en cuando, y acababa desplazándose hacia los lados.

—No vas a poder —dijo Barsén—. Tendrás que abrir a través de las costillas.

—No seas bruto —dijiste—. Hay que partir el esternón, y luego volver a unirlo para que se suelde el solo con el tiempo.

—Tú verás —zanjó Barsén.

Era verdad que no había manera de hacer un corte limpio, pero eso ya lo tenías previsto. Dejaste a un lado el cuchillo y sacaste de la mochila el cortador de pan a pilas. Ese era tu último recurso.

—Ahora verás —dijiste.

Pusiste el cortador en la posición 3, la de más revoluciones, y apretaste el On. Las dos cuchillas empezaron a frotarse entre sí con un ruido metálico desagradable. Acercaste el cortador al esternón de Serafín y comenzaste a abrir. Tuviste que apretar un poco, pero al fin el hueso central empezó a ceder y al poco la caja torácica ya se había abierto como un cofre mágico y ensangrentado. Te quedaste maravillado, mirando el interior que palpitaba con intensidad.
Dejaste a un lado el cortador y separaste con dos dedos el costillar de Serafín. Era una masa caliente, blanda y viscosa. Apartaste el esternón con la uña y buscaste más abajo, en busca del corazón. Lo encontraste debajo del pulmón izquierdo, casi en el centro: era tan pequeño como una canica, y palpitaba mucho más rápido que el tuyo. Acercaste el dedo índice y lo tocaste durante unos segundos mientras cerrabas los ojos. Podías notar los latidos, como en un pequeño eco, debajo de la yema de tu dedo. Sin mirar a Barsén, cogiste el cúter y empezaste a cortar los hilos finos que llegaban hasta el corazón, esa pequeña joya palpitante. Tenían que ser las venas y las arterias, porque cada hilo que cortabas con sumo cuidado, eyaculaba un chorrito de sangre rojísima que salpicaba la mesa, y un poco más allá. Estabas operando a corazón abierto, tal y como habías visto en tantas series de televisión.

Arrancaste el corazón y lo posaste suavemente en la palma de tu mano izquierda. Después de dos intermitencias, dejó de latir. Serafín, en la mesa, dejó de agitarse y aflojó los músculos de las patas. El corazón que descansaba en tu mano apenas era mayor que un garbanzo rojo. Le diste un pequeño golpe con la yema del índice, y por un momento el corazón del gato volvió a palpitar haciéndote unas cosquillas minúsculas en la palma de la mano. Sonreíste. La operación, la mitad de la operación, había sido un éxito. Alzaste la mirada para mostrarle el corazón del gato a Barsén, y de pronto lo viste muy pálido, mirando a ninguna parte con los ojos vidriosos.

Imágenes anónimas capturadas con Google

viernes 10 de julio de 2009

El gato 01

(Aviso a navegantes: El texto que va a continuación pueden herir la sensibilidad de los lectores. El que avisa no es traidor.)

Tu intención nunca fue la de hacer sufrir al gato. Fue puro amor a la ciencia. Ni siquiera llegaste a saber si estaba realmente enfermo, o solo se trataba de un gato demasiado confiado. Tu amigo Barsén tenía doce años, igual que tú. Compartíais mesa, tubos de ensayo y olor a formol en el laboratorio de química del colegio, y fue allí donde vuestra vocación quirúrgica afloró como un exceso. El Bombilla ya os había dicho que en todas las profesiones se aprende con la experiencia, pero que en la cirugía más que en ninguna otra, porque la vida del paciente está literalmente en manos del médico.

—Prepararé la mesa de operaciones en el garaje de casa para el próximo sábado. Allí nadie nos molestará —te dijo Barsén la semana después de las vacaciones de Navidad.

Lo más complicado fue conseguir el gato. El viernes por la tarde recorristeis a fondo la colonia de los ferroviarios armados con el equipo adecuado: sudadera de manga larga, guantes, un cubo, una manta, y una cuerda. Después de tres horas de cacería regresasteis a casa derrotados, con una docena de arañazos de los gatos que se habían negado a formar parte del experimento. De haberlo sabido habríais escogido a otro animal más tranquilo. Una gallina, un conejo, un perro. Pero aunque fueran más fáciles de manejar, eran mucho más difíciles de encontrar.

—Esto es una mierda. Así nunca llegaremos a ser cirujanos —le dijiste a Barsén antes de despediros en el portal de tu casa.

—Nunca te des por vencido. La ciencia siempre exige sacrificios —dijo de modo enigmático—. Mañana ven a mi casa a las diez de la mañana. Te espero en el garaje.

—Pero… —intentaste protestar.

—Tú ocúpate de traer el instrumental quirúrgico —zanjó Barsén.

A la mañana siguiente te presentaste en el garaje de Barsén con tijeras, hilo dental, dos cuchillos muy afilados, una hojilla de afeitar de doble filo, de las antiguas, el cuchillo eléctrico de cortar pan, diez pinzas de la ropa, cinta aislante, una grapadora, alcohol, agua oxigenada, algodón, mercromina, cuatro metros de cordel fino, y tres pastillas de Nolotil. Barsén ya estaba preparado, y milagrosamente tenía un gato manso dentro de la caja de cartón.

—¿De dónde ha salido? —le preguntaste.

—Es Serafín. No es de nadie. Desde hace un mes duerme detrás de la tapia del supermercado. Mi hermana Ruth le da de comer de vez en cuando. Yo creo que está enfermo. A lo mejor lo podemos curar.

Te pareció difícil curar un gato de una enfermedad que desconocías, pero había que empezar a practicar por alguna parte. En realidad tú querías hacer un trasplante de corazón, pero para eso necesitabas, como mínimo dos gatos, y eso era mucho pedir. La solución era trasplantarle el corazón al mismo gato, de ida y vuelta. Si salía vivo de la operación, sería tu primer éxito.

—¿Para qué es el Nolotil? —te preguntó Barsén vaciando la mochila.

—Para el dolor. Se las daremos antes de operarlo. Es como anestesia. Hay que diluirlas en leche para que se las tome —dijiste.

Barsén fue a la cocina en busca de un pequeño cuenco de leche, mientras tú te dedicaste a cubrirle las patas y las uñas al gato con cinta aislante blanca para que no pudiera arañaros en caso de que consiguiera soltarse de las cuerdas. El gato se dejó hacer, con resignación equivocada. Barsén regresó con la leche. Era demasiada leche, así que te bebiste la mitad de un trago. Con ayuda de la hojilla de afeitar, una Gillette de doble filo, abriste por la mitad las tres cápsulas de Nolotil y mezclaste sus polvitos blancos en la leche. Luego se la diste de beber a Serafín, que lamió el cuenco hasta dejarlo limpio.

—Hay que atarlo a la mesa —dijo Barsén sacando un ovillo de cuerda fina, casi la misma que la que usaba tu madre cuando preparaba el redondo de ternera, uno de tus platos preferidos hasta ese día.

Atarle el cordel a cada pata no fue tan fácil. Serafín empezaba a encontrarse intranquilo y trataba de escapar. Tal vez detectaba la tensión creciente. Hicisteis un nudo corredizo para cada pata, apretasteis la pequeña soga, y anudasteis los extremos a cada una de las cuatro patas de la mesa. Debajo del gato, que ya estaba panza arriba y estirado en forma de cruz, colocasteis un mantel de plástico viejo, para que la sangre no dejara huellas en la mesa de madera cruda. Serafín se agitaba y empezó a maullar desesperadamente, sobre todo cuando le clavaste el extremo de la cola a la mesa con cinco grapas. Antes de que siguiera maullando a pleno pulmón, Barsén le cerró el hocico con cuatro vueltas de cinta aislante. A cambio se llevó un buen mordisco de recuerdo.

—Desinféctate la herida. Los cirujanos siempre tienen que tener las manos limpias
—le dijiste acercándole el frasco de alcohol.

—¿Con lo que pica el alcohol? Tú estás loco. Acércame el agua oxigenada, anda —te respondió.

Creías que los gatos no tenían pelo en el vientre, como los perros, pero Serafín era muy peludo. Todos lo son, pero tú aún no lo sabías.

—Habrá que afeitarle la panza antes de operar —dijiste.

—No hace falta. Solo hay que recortarle un poco los pelitos de la barriga y el pecho, justo por donde tenemos que abrir —dijo Barsén empezando a recortarle los pelos con unas tijeritas diminutas de cortar uñas.

No tardó mucho en depilarle una línea central desde la parte superior del pecho hasta el final de la barriga que se agitaba. Cuando terminó, mojaste un trozo de algodón en alcohol y le limpiaste bien la franja por donde tendría que pasar el bisturí: la hojilla de Gillette que usaríais como bisturí.

—Abre tú —te dijo Barsén acercándote la hojilla desnuda con cortesía profesional.

—No, hazlo tú, que a fin de cuentas tú has conseguido el gato. Yo seré tu ayudante. Pero el trasplante de corazón me lo tienes que dejar hacer a mí —dijiste.

—De acuerdo —dijo Barsén—. Yo prefiero ser cirujano plástico.

—¡Qué listo! Para tocarle las tetas a las tías, ¿no? —te reíste.

—Sujétale, que voy —anunció Barsén.

Sujetaste con las dos manos el pecho del gato Serafín, que a pesar de que no podía escapar de las cuerdas, movía el tronco como una lagartija. Al otro lado de la mesa Barsén acercó la hojilla a la parte inferior del cuello para poder descender en línea recta desde allí hasta más abajo del intestino. Tú cerraste los ojos cuando Barsén comenzó a hacer la incisión. Notaste cómo Serafín se agitaba aún más de antes.

—Tío, con esto no puedo abrir. Necesito un cúter —oíste decir a Barsén.

Sin separar las manos de los costados del gato, abriste los ojos y viste a Barsén revolviendo en la caja de herramientas de su padre. Después de sacar unas tenazas y tres destornilladores con mango de madera, al fin encontró un cúter anaranjado. Cerró la caja, regresó junto a la mesa y arrancó una bola de algodón de la madeja que había sacado de tu mochila. La empapó en alcohol y limpió la hoja del cúter con cuidado.

—Venga, hombre, que ya estoy cansado de sujetar al gato —protestaste nervioso.

—Ya está. La higiene en el quirófano es fundamental —te respondió sujetando el cúter como si fuera un puñal hacia abajo, en vez de sujetarlo como si fuera un lápiz—. Allá voy —sentenció.

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lunes 6 de julio de 2009

Apostillas al "Pacto de sangre"

Algunos lectores y lectoras de este blog se han sentido frustrados, decepcionados y hasta traicionados por el final brusco y extradiegético (desde el exterior del texto) de Pacto de sangre. Lo lamento, pero no puedo arrepentirme de haber finalizado así. No ha sido una venganza absurda contra los lectores, sino una necesidad imperiosa de acabar la historia con un golpe incomprensible, desafortunado, como la muerte misma. Malena muere (por más que ya esté muerta) en un momento en el que no le tocaba morir, sino seguir avanzando en sus aventuras de ultratumba. Esa es la teoría, pero la realidad es que a veces la muerte sorprende con la tarea a la mitad, y la vida se queda inconclusa. También las novelas a veces tienen muertes prematuras. Y con frecuencia tienen vidas (desarrollos) aburridas, exageradamente largas y monótonas. Solo unas pocas novelas, y vidas, tienen la intensidad justa, la longitud adecuada, los acontecimientos precisos, y un final glorioso que deja a los lectores y a los deudos con sensación de plenitud y agradecimiento. Eso es la novela de una novela. La realidad de la vida (y de las novelas) es otra, múltiple e insatisfactoria cientos de veces.

Tal vez Malena regrese, como a veces regresa un amigo que se fue a vivir muy lejos en unos momentos en los que éramos uña y carne. Pero, para qué engañarnos, los amigos casi nunca vuelven, y cuando vuelven, si es que vuelven, resulta que son otros, que han cambiado, que ya no existe la misma conexión que teníamos antiguamente, quizá porque tampoco ya nosotros somos los mismos, y decepcionamos también al amigo que regresa sin quererlo, aunque él tampoco nos diga nada.

Aunque creo que los amigos, y Malena, regresarán disfrazados con otra ropa. El amigo regresa siempre con otro nombre y edad, casi es imposible reconocerlo en el nuevo personaje que aparece de repente en nuestra vida, pero es el mismo, fíjate bien, es la misma esencia de la amistad reconfortante, como la pasión y el deseo, aunque disfrazada en las carnes de otro cuerpo. Las reencarnaciones no suceden en otras vidas después de la muerte: suceden en esta vida, delante de nuestras narices, pero nos cuesta reconocerlas.

En fin, que gracias a todos los que seguís estos escritos dispersos, unas veces más coherentes que otras. Yo seguiré intentando llegar cada día un poco más allá, por lo que las vías muertas y los fracasos están garantizados de antemano. Pero tal vez, ojalá, estas escaramuzas heterodoxas me lleven a un lugar nuevo, inexplorado. Habrá que intentarlo.

Imágenes anónimas capturadas con Google

lunes 29 de junio de 2009

Pacto de sangre 29

Este es un texto falso que sustituye al que había antes, para evitar su copia.
Percuntia tempora fati conqueror, in uentos inpendo uota fretumque; ne retine dubium cupientis ire per acquor; si bene nota mihi est, ad Caesaris arma iuuentus naufragio uenisse uolet. lam uoce doloris utendum est: non ex acquo diuisimus orbem; Epirum Caesarque tenet totusque senatus, Ausoniam tu solus habes». His terque quaterque uocibus excitum postquam cessare uidebat, dum se desse deis ac non sibi numina credit, sponte per incautas audet temptare latebras quod iussi timucre fretum, temeraria prono expertus cessisse deo, fluctusque ucrendos classibus exigua sperat superare carina.

jueves 25 de junio de 2009

Pacto de sangre 28

Este es un texto falso que sustituye al que había antes, para evitar su copia.
Percuntia tempora fati conqueror, in uentos inpendo uota fretumque; ne retine dubium cupientis ire per acquor; si bene nota mihi est, ad Caesaris arma iuuentus naufragio uenisse uolet. lam uoce doloris utendum est: non ex acquo diuisimus orbem; Epirum Caesarque tenet totusque senatus, Ausoniam tu solus habes». His terque quaterque uocibus excitum postquam cessare uidebat, dum se desse deis ac non sibi numina credit, sponte per incautas audet temptare latebras quod iussi timucre fretum, temeraria prono expertus cessisse deo, fluctusque ucrendos classibus exigua sperat superare carina.